Durante décadas, hemos vivido bajo la premisa de una resiliencia global casi ilimitada. La interconexión, la eficiencia y la constante búsqueda de optimización parecían habernos dotado de una capacidad inquebrantable para absorber golpes y recuperarnos, sin importar la magnitud del desafío. Sin embargo, los eventos recientes —desde pandemias devastadoras hasta conflictos geopolíticos recrudecidos, pasando por una aceleración sin precedentes de la crisis climática— nos fuerzan a cuestionar si esa fortaleza inherente aún existe, o si, por el contrario, nos encontramos ante el crepúsculo de lo que una vez entendimos por resiliencia global. Es una pregunta que resuena con una urgencia palpable: ¿hemos alcanzado un punto de inflexión donde los mecanismos de recuperación global están agotados, o peor aún, están rotos?
La noción de que el mundo puede recuperarse de cualquier adversidad se ha visto seriamente comprometida. Lo que antes eran problemas localizados o desafíos manejables, hoy se entrelazan en una maraña de crisis interconectadas que se refuerzan mutuamente, amenazando con desbordar nuestra capacidad colectiva de respuesta. No es solo una cuestión de un golpe aquí o allá; es una erosión sistémica que desvela la fragilidad subyacente de nuestras sofisticadas estructuras globales. Es hora de dejar de lado la autocomplacencia y enfrentar la incómoda verdad de que el marco bajo el cual operábamos podría ya no ser funcional, y que el fin de la resiliencia global tal como la conocemos podría no ser una distopía lejana, sino una realidad presente.
¿Qué es la resiliencia global y cómo la hemos entendido?
Tradicionalmente, la resiliencia global ha sido definida como la capacidad de los sistemas interconectados —económicos, sociales, ambientales y políticos— para absorber perturbaciones, adaptarse y transformarse en respuesta a shocks, manteniendo sus funciones esenciales. Este concepto no es meramente una cuestión de robustez o resistencia; implica una capacidad dinámica de aprender de las crisis y reorganizarse para afrontar futuras amenazas con mayor eficacia. En el contexto de la globalización de las últimas décadas, esta resiliencia se cimentó sobre varios pilares fundamentales que parecían inquebrantables.
Uno de estos pilares fue la creencia en la eficiencia máxima. La globalización fomentó cadenas de suministro altamente especializadas y dependientes de una logística "justo a tiempo", reduciendo costes y optimizando la producción a escala mundial. Se asumió que cualquier interrupción en un punto sería rápidamente mitigada por la redundancia del sistema o la capacidad de encontrar alternativas. Sin embargo, esta búsqueda implacable de eficiencia, si bien generó prosperidad sin precedentes, también introdujo vulnerabilidades críticas al reducir los márgenes de seguridad y la capacidad de adaptación ante shocks inesperados y generalizados.
Otro pilar clave fue la cooperación internacional y el multilateralismo. Instituciones como las Naciones Unidas, la Organización Mundial del Comercio o el Fondo Monetario Internacional fueron diseñadas para fomentar la colaboración, resolver disputas y coordinar respuestas a problemas comunes. La idea era que, ante cualquier crisis, los líderes mundiales se unirían para encontrar soluciones colectivas, apoyados por un consenso general sobre los valores y principios que rigen el orden internacional. Esta visión optimista de la gobernanza global contribuyó a la sensación de que, colectivamente, podíamos superar cualquier desafío, aunque esta cooperación a menudo resultara más compleja en la práctica de lo que la teoría sugería.
Finalmente, la prosperidad económica sostenida en muchas regiones del mundo, impulsada por el libre comercio y la innovación tecnológica, también reforzó esta percepción de resiliencia. Se creyó que el crecimiento económico proporcionaría los recursos necesarios para invertir en infraestructura, investigación y desarrollo, y programas sociales que amortiguarían el impacto de cualquier crisis. Esta bonanza creó una sensación de seguridad, casi de invulnerabilidad, donde los problemas se veían como desviaciones temporales en una senda de progreso inevitable. Mi perspectiva es que esta confianza excesiva en el crecimiento continuo y en la capacidad inherente de los mercados para autocorregirse nos hizo miopes ante la acumulación de riesgos sistémicos.
Factores que erosionan la resiliencia global
La resiliencia global no se ha desvanecido de la noche a la mañana; ha sido un proceso gradual de erosión, impulsado por una combinación de fuerzas interconectadas que han minado sus fundamentos. Estos factores, actuando de manera simultánea, han creado un escenario de 'policrisis', donde la suma de los problemas es mucho mayor que sus partes individuales.
Fragmentación geopolítica y el retorno de la gran rivalidad
El orden unipolar que pareció emerger tras el fin de la Guerra Fría ha dado paso a un panorama multipolar, caracterizado por una competencia estratégica entre grandes potencias. El conflicto en Ucrania es el ejemplo más brutal de esta tendencia, pero las tensiones en el Mar de China Meridional, las disputas comerciales y tecnológicas, y la reconfiguración de alianzas estratégicas son síntomas claros de un mundo donde los intereses nacionales priman cada vez más sobre la cooperación multilateral. Esta fragmentación hace que sea increíblemente difícil forjar consensos en foros internacionales, debilitando la capacidad de respuesta a desafíos globales que, por su propia naturaleza, requieren soluciones globales. Los organismos internacionales, antes vistos como garantes de la paz y la estabilidad, a menudo se encuentran paralizados por vetos y desacuerdos. En mi opinión, el ideal de una comunidad internacional unida se está desdibujando rápidamente ante el resurgimiento de esferas de influencia y estrategias de "suma cero".
La desconfianza entre naciones se traduce directamente en la militarización de la economía, la búsqueda de la autonomía en sectores clave y la fragmentación de cadenas de suministro que antes operaban fluidamente. Este proceso de "desglobalización selectiva" o "re-shoring" pretende reducir la dependencia de rivales geopolíticos, pero a menudo lo hace a expensas de la eficiencia y la diversificación, creando nuevos cuellos de botella y vulnerabilidades en un futuro. La visión de un mundo interconectado y pacífico se ha visto sustituida por la de bloques en competencia, donde la seguridad económica se convierte en un arma política. Para un análisis más profundo de cómo las tensiones geopolíticas afectan el comercio, sugiero consultar este informe de la OMC sobre las perspectivas del comercio mundial: Perspectivas y estadísticas del comercio mundial de la OMC.
La crisis climática y sus efectos cascada
Quizás el mayor desafío a la resiliencia global sea la crisis climática, que ya no es una amenaza futura, sino una realidad presente y catastrófica. Eventos meteorológicos extremos —olas de calor mortales, inundaciones históricas, sequías prolongadas, incendios forestales incontrolables— se están volviendo más frecuentes e intensos, devastando ecosistemas, infraestructuras y comunidades enteras. Estos fenómenos no solo causan pérdidas económicas directas y desplazamientos masivos, sino que también exacerban conflictos preexistentes por recursos y tierra, creando ciclos de inestabilidad.
La inacción colectiva y la lentitud en la transición hacia economías bajas en carbono demuestran una falla estructural en nuestra capacidad para abordar un problema existencial. La resiliencia de la naturaleza misma está siendo probada hasta sus límites, y con ella, la capacidad de las sociedades humanas para depender de servicios ecosistémicos vitales. Los impactos climáticos no respetan fronteras, generando migraciones climáticas que tensan las relaciones internacionales y ponen a prueba la capacidad de acogida de los estados. Es un efecto dominó que afecta la seguridad alimentaria, la salud pública y la estabilidad política a una escala sin precedentes. Los informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) son una lectura esencial para comprender la magnitud del problema: Informe de síntesis del AR6 del IPCC.
Pandemias y la vulnerabilidad de los sistemas de salud
La pandemia de COVID-19 fue un crudo recordatorio de la fragilidad de nuestros sistemas ante amenazas biológicas. A pesar de los avances médicos y la velocidad sin precedentes en el desarrollo de vacunas, la pandemia expuso profundas deficiencias en la preparación global, la coordinación de respuestas y la equidad en el acceso a recursos esenciales. La interrupción de cadenas de suministro de medicamentos, equipos de protección y, crucialmente, alimentos, demostró lo dependientes que somos de una infraestructura global que puede colapsar bajo presión.
La experiencia del COVID-19 también reveló la fatiga de la población y de los gobiernos para mantener la disciplina y la inversión en preparación ante futuras amenazas. La complacencia post-pandémica es un riesgo real. La próxima pandemia es una certeza, no una posibilidad, y la capacidad de la humanidad para hacerle frente dependerá de si hemos aprendido las lecciones de la última. Considero que la falta de una arquitectura de gobernanza de la salud global verdaderamente robusta, con capacidad de reacción rápida y equitativa, sigue siendo una debilidad crítica en nuestra resiliencia. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha publicado numerosas evaluaciones al respecto: Información sobre la COVID-19 de la OMS.
Desigualdad socioeconómica y polarización interna
Las brechas crecientes entre ricos y pobres, tanto dentro de los países como entre ellos, son un polvorín para la inestabilidad. La desigualdad alimenta el resentimiento, la desconfianza en las instituciones y la polarización política, haciendo más difícil la toma de decisiones colectivas y la implementación de políticas que requieren consenso social. Cuando grandes segmentos de la población sienten que el sistema no funciona para ellos, la cohesión social se erosiona y emergen movimientos populistas o extremistas que a menudo proponen soluciones simplistas a problemas complejos, pero que fracturan aún más el tejido social.
Esta polarización no solo dificulta la gestión de crisis, sino que también desvía la atención de problemas estructurales a largo plazo, ya que los líderes se ven forzados a responder a las demandas inmediatas de una población dividida. La falta de confianza en los medios de comunicación, en la ciencia y en las élites políticas agrava el problema, creando cámaras de eco donde la desinformación puede prosperar, minando la capacidad de una sociedad para responder coherentemente a una crisis. El problema de la desigualdad ha sido ampliamente documentado por organizaciones como Oxfam: Oxfam - Lucha contra la pobreza y la desigualdad.
Vulnerabilidad intrínseca de las cadenas de suministro globales
La globalización, en su afán por la eficiencia, llevó a una concentración excesiva en la producción de bienes y componentes clave en unas pocas regiones o países. Esto hizo que las cadenas de suministro fueran increíblemente eficientes en tiempos de normalidad, pero catastróficamente frágiles ante cualquier interrupción. El bloqueo del Canal de Suez, la escasez de chips semiconductores o las restricciones por la COVID-19 en puertos asiáticos demostraron que un solo punto de falla puede tener repercusiones mundiales.
Esta fragilidad no es solo logística; es también un riesgo de seguridad nacional. La dependencia de insumos críticos de estados potencialmente hostiles o inestables se ha convertido en una preocupación estratégica primordial. Las empresas y los gobiernos están ahora en una carrera por diversificar, deslocalizar o re-localizar la producción, a menudo a un coste mayor, pero con la esperanza de construir sistemas más resilientes. Sin embargo, este proceso es lento y costoso, y mientras tanto, la economía global sigue expuesta a choques. El debate sobre la resiliencia de las cadenas de suministro es crucial: Artículo del Foro Económico Mundial sobre la resiliencia de las cadenas de suministro.
Las consecuencias de una resiliencia menguante: un futuro incierto
Si la capacidad del mundo para absorber y recuperarse de los golpes está disminuyendo, las implicaciones para el futuro son profundas y preocupantes. Nos adentramos en una era de incertidumbre, donde los viejos modelos y supuestos ya no son válidos.
La era de la policrisis: interconexión de riesgos
La consecuencia más inmediata de la disminución de la resiliencia global es la llegada de la "policrisis". Este término describe una situación en la que múltiples crisis interconectadas se desarrollan simultáneamente, magnificándose mutuamente y haciendo que la suma de sus impactos sea mucho mayor que la de cada crisis individual. Por ejemplo, una sequía prolongada (crisis climática) puede llevar a la escasez de alimentos (crisis económica y humanitaria), que a su vez puede desencadenar migraciones masivas (crisis social) y conflictos por el agua o la tierra (crisis geopolítica). Cada crisis alimenta a la otra, creando un círculo vicioso de inestabilidad.
En este escenario, la capacidad de los gobiernos para responder de manera efectiva se ve abrumada. Los recursos son finitos y la atención política se fragmenta. Lo que antes podría haber sido un problema manejable se convierte en una catástrofe multidimensional, porque las soluciones a un aspecto de la crisis pueden exacerbar otro. Es una realidad compleja que exige una comprensión holística y una coordinación sin precedentes, precisamente cuando la confianza y la cooperación multilateral están en su punto más bajo. Desde mi perspectiva, la fatiga de la crisis que experimentan tanto los ciudadanos como los tomadores de decisiones es uno de los riesgos más subestimados de la policrisis, lo que lleva a la inacción o a soluciones insuficientes.
El repliegue hacia lo local y la búsqueda de autonomía
Ante la percepción de una globalización frágil y una resiliencia global disminuida, muchos países y regiones están optando por un repliegue estratégico. Esto se manifiesta en políticas de "re-shoring" o "friend-shoring" en las cadenas de suministro, buscando producir bienes esenciales más cerca de casa o en países aliados. También se observa en la priorización de la seguridad alimentaria y energética a través de la producción local o regional, incluso si esto implica costes más altos o menor eficiencia.
Este movimiento hacia una mayor autonomía local y regional no está exento de desafíos. Si bien puede aumentar la resiliencia ante shocks externos al reducir la dependencia, también corre el riesgo de crear un mundo más fragmentado, con menos oportunidades de comercio y especialización. La competencia por recursos puede intensificarse, y la cooperación en áreas donde es absolutamente necesaria (como la mitigación del cambio climático o la preparación ante pandemias) podría volverse aún más elusiva. La pregunta es si este repliegue es una fase transitoria de adaptación o el inicio de una era de bloques económicos y geopolíticos más cerrados.
La necesidad imperante de un nuevo paradigma de cooperación
Si el fin de la resiliencia global en su forma anterior es una realidad, entonces la respuesta no puede ser simplemente la retirada o la resignación. Se hace indispensable un nuevo paradigma de cooperación global, uno que reconozca las nuevas realidades y vulnerabilidades del siglo XXI. Esto no significa necesariamente volver al modelo de globalización de los años 90, sino forjar uno que priorice la resiliencia sobre la mera eficiencia, la equidad sobre el crecimiento desequilibrado y la sostenibilidad sobre la explotación a corto plazo.
Este nuevo paradigma podría implicar la construcción de sistemas más redundantes y diversificados en sectores críticos, fomentando la inversión en energías renovables y economías circulares, y fortaleciendo las instituciones de gobernanza global con mandatos más claros y mecanismos de cumplimiento más efectivos. También requerirá un compromiso renovado con la diplomacia y la prevención de conflictos, así como una inversión masiva en la adaptación al cambio climático y en la preparación ante futuras pandemias. A mi entender, el verdadero reto no es solo identificar estos desafíos, sino encontrar la voluntad política y la capacidad de liderazgo para implementar soluciones a una escala que hasta ahora no hemos logrado. La colaboración entre estados, sociedad civil y el sector privado será más crucial que nunca para co-crear un futuro que, aunque incierto, sea al menos más seguro y justo.
En conclusión, el fin de la resiliencia global tal como la conocimos no es el fin del mundo, sino el fin de una era. Es un llamado de atención para reevaluar nuestras prioridades, reconstruir nuestras interconexiones con una mayor sabiduría y adaptabilidad, y forjar una nueva forma de operar en un planeta cada vez más impredecible. La tarea es monumental, pero la alternativa es una fragmentación y una vulnerabilidad que nadie puede permitirse ignorar.
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