En un mundo que avanza a velocidades vertiginosas, donde cada año se nos presenta una nueva iteración de nuestros dispositivos electrónicos favoritos, hay algo de satisfacción en la resistencia. Poseo un Kindle Paperwhite de quinta generación, adquirido en 2012, que hasta hace muy poco era un perfecto ejemplo de longevidad tecnológica. Doce años de servicio impecable. Doce años devorando libros con su pantalla de tinta electrónica, su batería de semanas y su ausencia de distracciones. Era la encarnación perfecta de la funcionalidad: hacía una cosa, y la hacía extremadamente bien.
El reloj avanza inexorablemente hacia el 14 de octubre de 2025, una fecha que para muchos usuarios de computadoras personales, y para la industria tecnológica en general, marcará un punto de inflexión. Ese día, Windows 10, el sistema operativo que ha impulsado millones de dispositivos durante casi una década, llegará al fin de su soporte oficial. Pero esta no es una simple transición de una versión a otra; es, en mi opinión, un acontecimiento que simboliza el cierre de una era en la computación personal y el amanecer de otra que presenta desafíos significativos y, para muchos, un panorama menos prometedor. La retirada de Windows 10 no es solo el adiós a un software familiar, sino el epílogo a un modelo de relación entre usuario y tecnología que se está transformando a un ritmo vertiginoso, trayendo consigo incertidumbres sobre la privacidad, la libertad de hardware y el futuro del acceso a la tecnología.