"Quedarnos atónitos ante lo que viene no es una opción": El imperativo de la acción política según Cristina Monge

En un panorama global marcado por la inestabilidad, la incertidumbre y una vorágine de cambios que a menudo superan nuestra capacidad de asimilación, la voz de la politóloga Cristina Monge resuena con una claridad contundente y necesaria. Su afirmación, "Quedarnos atónitos ante lo que viene no es una opción", no es una mera frase lapidaria; es un llamado a la acción, una advertencia contra la parálisis y, sobre todo, una invitación a la responsabilidad individual y colectiva frente a los desafíos que se ciernen sobre nuestras sociedades. Esta reflexión, pronunciada por una de las analistas políticas más lúcidas de España, nos obliga a detenernos y considerar el papel que cada uno de nosotros desempeña, o debería desempeñar, en la configuración del futuro.

La atónita pasividad a la que Monge alude es un estado peligroso en cualquier democracia. Implica una renuncia tácita a la agencia, a la capacidad de influir y a la exigencia de rendición de cuentas. Cuando nos quedamos boquiabiertos, ya sea por miedo, por desinterés, por exceso de información o por una sensación de impotencia, estamos cediendo terreno a fuerzas que quizás no compartan nuestros valores o que, simplemente, no tienen en cuenta el bienestar general. La politología, la disciplina a la que Monge dedica su trayectoria, nos proporciona precisamente las herramientas para desentrañar la complejidad de esos fenómenos y transformarlos en conocimiento que impulse la acción.

El contexto de la advertencia: Un mundo en constante transformación

Para entender la urgencia del mensaje de Cristina Monge, es fundamental contextualizar "lo que viene". Este "lo que viene" no es un futuro distante e hipotético, sino un presente en constante evolución, cargado de desafíos interconectados que ya están impactando nuestras vidas.

Podemos identificar múltiples frentes que justifican esta alerta: el avance imparable de la crisis climática y sus efectos devastadores; la revolución tecnológica, con la inteligencia artificial a la cabeza, que redefine el mercado laboral, la privacidad y la propia interacción humana; el resurgimiento de autocracias y la erosión de las democracias liberales en diversas latitudes; la creciente polarización social y política, que dificulta el diálogo y el consenso; y las profundas desigualdades económicas, que no solo persisten sino que en muchos casos se agravan, generando descontento y fracturas sociales. A todo ello se suman las tensiones geopolíticas, las migraciones masivas y las pandemias, que nos han recordado la fragilidad de nuestros sistemas y la interdependencia global.

La característica común de todos estos fenómenos es su velocidad y su capacidad para transformar radicalmente el statu quo. Son desafíos que no admiten una mirada lejana o una reacción tardía. La complejidad y la escala de estas transformaciones pueden, de hecho, generar esa "atonía" a la que Monge se refiere: una sensación de abrumadora impotencia ante problemas que parecen demasiado grandes para ser abordados individualmente o incluso colectivamente. Pero, como subraya la politóloga, precisamente por su magnitud, la inacción no es una opción viable si aspiramos a un futuro que merezca la pena ser vivido.

La pasividad como riesgo democrático

La pasividad no es solo una actitud personal; tiene profundas implicaciones para la salud de nuestras democracias. Cuando una parte significativa de la ciudadanía opta por el desinterés, la queja estéril o la indiferencia, se abre una brecha que puede ser ocupada por el populismo, la demagogia o, en el peor de los escenarios, por derivas autoritarias.

Estar "atónitos" se manifiesta de diversas maneras. Puede ser a través del fatalismo, la creencia de que nada se puede hacer para cambiar el rumbo de los acontecimientos. Puede ser la desinformación, al no verificar los datos y sucumbir a narrativas simplistas o manipuladoras que solo buscan afianzar prejuicios. Puede ser la hiper-polarización, donde el único contacto con lo político es a través de la confrontación tribal, anulando cualquier posibilidad de encontrar puntos en común. O puede ser, sencillamente, la fatiga de un ciudadano bombardeado por noticias, escándalos y crisis que le llevan a desconectar como mecanismo de autoprotección.

Mi propia observación me lleva a pensar que la avalancha de información, lejos de empoderar, puede a veces paralizar. Es tan vasta la cantidad de datos, análisis y opiniones que a menudo nos encontramos perdidos, sin saber qué es realmente relevante o dónde podemos ejercer una influencia real. En este contexto, la voz de expertos como Cristina Monge es crucial para ayudarnos a filtrar el ruido y enfocar nuestra energía en lo que verdaderamente importa y en las acciones que pueden generar un cambio significativo. La politología nos ofrece un armazón conceptual para no solo entender los problemas, sino también para identificar posibles vías de solución, desmontando la idea de que los desafíos son irresolubles.

La politología como herramienta para la acción

Cristina Monge, desde su trinchera de la politología y el análisis, no solo diagnostica los males de nuestro tiempo, sino que también nos recuerda el potencial de su disciplina como un faro para la acción. La politología no es un ejercicio meramente académico de descripción de sistemas o de teorización abstracta. Es, en su esencia, una herramienta para comprender las dinámicas de poder, la toma de decisiones, la configuración de las instituciones y, en última instancia, las vías para mejorar la gobernanza y la convivencia social.

Su trabajo, y el de tantos otros politólogos y politólogas, consiste en desentrañar la complejidad, identificar patrones, anticipar posibles escenarios y proponer soluciones basadas en el conocimiento riguroso. Nos ayuda a entender por qué ciertos fenómenos políticos ocurren, cómo interactúan los actores, cuáles son los incentivos y las consecuencias de determinadas políticas. Este entendimiento profundo es el primer paso indispensable para pasar de la atónita observación a la acción informada y efectiva. Sin un diagnóstico claro, cualquier intervención es una apuesta ciega. La politología, por tanto, nos dota de la "linterna" para iluminar el camino en la oscuridad de la incertidumbre.

Despertar de la atónita: Más allá del lamento

"No es una opción". Esta parte de la frase de Monge es la que verdaderamente interpela. Implica que tenemos una responsabilidad inherente como ciudadanos y como miembros de una sociedad. No se trata de un lujo, sino de una necesidad existencial. El despertar de la atonía no significa simplemente "hacer algo", sino hacerlo de manera consciente, informada y estratégica. Significa pasar del lamento o la queja pasiva a la búsqueda activa de soluciones, a la participación en el debate público y a la exigencia de un mejor funcionamiento de nuestras instituciones.

Este despertar también implica un ejercicio de autocrítica: ¿estamos dedicando el tiempo necesario a informarnos de fuentes fiables? ¿Estamos dispuestos a escuchar a quienes piensan diferente? ¿Estamos utilizando las herramientas que la democracia nos ofrece para expresar nuestras preocupaciones y proponer alternativas? La politología, al analizar los sistemas y comportamientos, también nos ofrece un espejo para reflexionar sobre nuestras propias actitudes cívicas.

Ejes de acción: ¿Qué podemos hacer?

Ante la magnitud de los desafíos y la perentoriedad del mensaje de Cristina Monge, la pregunta natural que surge es: ¿qué podemos hacer más allá de la mera constatación? La respuesta no es única ni sencilla, pero pasa por diversas formas de compromiso cívico y político.

Participación ciudadana activa y crítica

La base de cualquier democracia saludable es la participación de sus ciudadanos. Esto va mucho más allá del mero acto de votar cada cuatro años. Implica un compromiso constante con el espacio público. Podemos participar activamente informándonos de manera crítica, contrastando fuentes y cultivando una alfabetización mediática robusta. Esto es fundamental en la era de la desinformación.

También podemos involucrarnos en iniciativas locales, asociaciones vecinales, grupos de activismo social o plataformas que defiendan causas que consideramos justas. El voluntariado en ONG que aborden temas sociales o medioambientales es otra vía directa para generar un impacto. Las manifestaciones y movilizaciones sociales pacíficas son también herramientas legítimas y poderosas para expresar el descontento y presionar por el cambio. La participación en los presupuestos participativos de nuestros municipios o en consultas ciudadanas puede parecer pequeña, pero suma. La plataforma Civio, por ejemplo, es un excelente recurso para entender cómo la ciudadanía organizada puede fiscalizar el poder y exigir transparencia.

Fortalecimiento de las instituciones democráticas

Nuestras democracias no son perfectas, pero son el marco que tenemos para la convivencia y la resolución pacífica de conflictos. Protegerlas es una tarea de todos. Esto significa apoyar a los medios de comunicación independientes y de calidad, que son el contrapeso esencial al poder y los garantes de una información plural. Implica defender la separación de poderes, la independencia judicial y la integridad de los procesos electorales. Debemos exigir a nuestros representantes políticos y a las instituciones transparencia y rendición de cuentas, denunciando la corrupción o el abuso de poder. Organizaciones como Reporteros Sin Fronteras España trabajan incansablemente en la defensa de la libertad de prensa, un pilar insustituible.

Educación y pensamiento crítico

La educación es la piedra angular de cualquier sociedad que aspire a superar la atonía. Una educación que fomente el pensamiento crítico, la capacidad de análisis, la empatía y la resolución de problemas es indispensable para formar ciudadanos activos y no meros consumidores de información o eslóganes. Desde las escuelas hasta la educación a lo largo de toda la vida, necesitamos cultivar mentes curiosas, capaces de cuestionar, de argumentar y de construir conocimiento propio. En mi opinión, la educación cívica debería ser una materia transversal, no solo en las aulas, sino en cada espacio de interacción social. No se trata solo de transmitir datos, sino de forjar individuos con criterio propio y un sentido de responsabilidad colectiva.

Construcción de narrativas esperanzadoras y realistas

Uno de los mayores peligros de la atonía es la proliferación de narrativas fatalistas o apocalípticas que desincentivan la acción. Si creemos que todo está perdido, ¿para qué esforzarse? Es fundamental, por tanto, contrarrestar este pesimismo pasivo con narrativas que, sin caer en un optimismo ingenuo, resalten la capacidad humana para superar adversidades, los éxitos logrados en otras ocasiones y la posibilidad real de construir un futuro mejor. Esto implica destacar ejemplos de innovación social, de progreso científico o de cooperación internacional que demuestren que el cambio es posible. Plataformas como Agenda Pública ofrecen análisis profundos que a menudo plantean soluciones y visiones constructivas, contribuyendo a una narrativa más equilibrada.

La colaboración y el diálogo como pilares

En un mundo cada vez más polarizado, la capacidad de dialogar, de buscar puntos de encuentro y de colaborar con quienes piensan diferente se vuelve una habilidad esencial. La politóloga Cristina Monge, al igual que muchos otros expertos, insiste en la necesidad de tender puentes, de escuchar activamente y de buscar soluciones que integren diversas perspectivas. La colaboración transpartidista, intergeneracional y multisectorial es clave para abordar problemas complejos que requieren el concurso de múltiples actores. Iniciativas que promueven el emprendimiento social y la colaboración, como las de Ashoka España, demuestran cómo la sinergia puede generar un impacto transformador.

El papel de los politólogos y los expertos

Finalmente, no podemos olvidar el papel crucial que desempeñan los politólogos y otros expertos en la misión de combatir la atonía. Su trabajo no es solo analizar, sino también divulgar, traducir la complejidad para el público general y ofrecer marcos de comprensión que permitan a los ciudadanos tomar decisiones informadas. Personas como Cristina Monge tienen la responsabilidad, y la capacidad, de iluminar el camino, de señalar los riesgos, pero también las oportunidades y las posibles soluciones. No se trata de dictar el camino, sino de proporcionar las herramientas intelectuales para que cada ciudadano pueda trazar el suyo propio con conocimiento de causa. Su credibilidad y rigor son esenciales para contrarrestar la proliferación de la desinformación y el discurso vacío.

Conclusión: Un llamado a la responsabilidad compartida

La frase de Cristina Monge, "Quedarnos atónitos ante lo que viene no es una opción", es mucho más que una advertencia; es un llamado a la responsabilidad compartida y a la acción ineludible. Nos obliga a mirar de frente los desafíos de nuestro tiempo – desde la crisis climática hasta la erosión democrática – y a reconocer que la inacción no es neutral. Es, en sí misma, una elección con profundas consecuencias.

Frente a la pasividad, la politóloga nos invita a la movilización, a la reflexión crítica y a la participación activa en la construcción de nuestro futuro. No se trata de una utopía irrealizable, sino de un imperativo democrático y ético. Cada uno de nosotros, con nuestras acciones, por pequeñas que parezcan, contribuimos a dar forma a la sociedad en la que vivimos. La esperanza, en este contexto, no es una emoción pasiva, sino un motor para la acción, un compromiso con la posibilidad de cambio. Conocer la trayectoria y el pensamiento de expertos como Cristina Monge, cuya visión se puede profundizar en enlaces como su perfil en Agenda Pública, nos proporciona una base sólida para iniciar esa movilización necesaria. El futuro no está escrito; lo escribimos nosotros cada día con nuestras decisiones, con nuestra voz y, sobre todo, con nuestra acción.

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