La industria cinematográfica se encuentra en una encrucijada, un punto de inflexión donde las viejas glorias se topan con nuevas realidades tecnológicas y hábitos de consumo. En este complejo panorama, las declaraciones de figuras influyentes como Matt Damon resuenan con particular fuerza, provocando reflexiones necesarias y, a veces, incómodas. El actor, conocido por su compromiso con el cine de autor y las grandes producciones de Hollywood, ha arrojado una piedra en el estanque al sugerir que las películas de Netflix "repiten el argumento 3 o 4 veces porque la gente las ve mirando el móvil". Esta afirmación, lejos de ser un mero comentario anecdótico, encapsula una de las tensiones más significativas de nuestro tiempo: ¿estamos presenciando una "muerte del cine" tal como lo conocíamos, o simplemente una adaptación forzada a las nuevas dinámicas de la atención digital? La observación de Damon no solo señala una posible degradación en la calidad narrativa, sino que también subraya un cambio fundamental en la relación entre el espectador y la obra audiovisual, un fenómeno que merece un análisis profundo y desapasionado.
La observación de Matt Damon: un síntoma de una tendencia mayor
Las palabras de Matt Damon no surgen de la nada; son el eco de una preocupación creciente entre cineastas, guionistas y, en general, entre aquellos que valoran la integridad artística de las historias. Su comentario apunta directamente a una estrategia narrativa que, según él, se ha vuelto prevalente en el contenido diseñado para plataformas de streaming, específicamente Netflix. La idea de que los argumentos se repitan varias veces en una misma película sugiere que los creadores están conscientes de que una parte significativa de su audiencia no está prestando una atención plena y exclusiva a la pantalla. Es decir, que el público está realizando múltiples tareas, y la más común es interactuar con sus dispositivos móviles.
Este enfoque de "recapitulación" o "repetición interna" en el guion no es una novedad absoluta en la televisión o el cine, pero su supuesta intensificación en el streaming sí que marca una diferencia. Tradicionalmente, la repetición servía para enfatizar un punto clave, un motivo recurrente o para la audiencia que se incorporaba a mitad de una serie episódica. Sin embargo, si se utiliza para compensar la distracción generalizada, se convierte en un reconocimiento tácito de que la narrativa debe ser a prueba de interrupciones, simplificando la trama o reiterando elementos importantes para que el espectador, al volver su mirada, no se pierda. Como espectador, uno no puede evitar preguntarse si esta adaptación a la falta de atención está sacrificando la sutileza, la profundidad y la complejidad que a menudo definen a una gran obra cinematográfica. ¿Se están diluyendo las historias para que sean más digeribles, incluso cuando la atención está dividida?
¿Una simplificación necesaria o una degradación artística?
La cuestión central que plantea la crítica de Damon es si esta adaptación a la distracción del público es una estrategia necesaria para la supervivencia del contenido en la era digital o si, por el contrario, representa una degradación inaceptable de la forma artística. Por un lado, se podría argumentar que es una respuesta pragmática a la "economía de la atención" actual. Vivimos en un mundo saturado de información y entretenimiento, donde el tiempo y la atención del consumidor son los bienes más preciados. Las plataformas de streaming compiten no solo entre sí, sino también con redes sociales, videojuegos y un sinfín de aplicaciones que constantemente demandan la mirada del usuario. En este contexto, si una película no puede retener la atención de un espectador multitarea, corre el riesgo de ser abandonada a favor de la siguiente opción en el catálogo o, peor aún, de que el usuario se marche a otra plataforma.
Sin embargo, el contrapunto es potente. La esencia del cine, desde sus orígenes, ha residido en su capacidad para sumergir al espectador en un mundo ajeno, exigiendo una atención completa y una entrega emocional. La gran pantalla, la oscuridad de la sala, la ausencia de interrupciones, todo contribuye a una experiencia inmersiva y comunitaria. Si los creadores empiezan a diseñar historias con la expectativa de que serán vistas en una pantalla pequeña, con el brillo de las notificaciones del móvil compitiendo por la mirada, ¿dónde queda el arte de la narración visual y auditiva? ¿Se pierden los matices, las subtramas, los silencios significativos? Creo que es una preocupación legítima que, si no se aborda, podría llevar a una homogeneización del contenido hacia lo más básico y menos exigente.
La distracción del móvil, en particular, es un fenómeno bien documentado. Estudios sobre la atención y la multitarea han demostrado cómo la constante interacción con los smartphones reduce nuestra capacidad de concentración en tareas complejas y, por extensión, en narrativas que requieren un seguimiento minucioso. Para una comprensión más profunda de este fenómeno, se puede consultar un artículo que aborda el impacto de la tecnología en nuestra capacidad de atención: El cerebro multitarea: un mito en la era digital. Es en este contexto donde las palabras de Damon adquieren una dimensión crítica.
La evolución del consumo audiovisual y sus implicaciones
Para entender plenamente las implicaciones de las afirmaciones de Matt Damon, es fundamental contextualizarlas dentro de la evolución radical que ha experimentado el consumo audiovisual en las últimas décadas. Hemos pasado de un modelo dominado por la sala de cine y la televisión de emisión lineal a una era de streaming bajo demanda, donde el control recae casi totalmente en el espectador.
Del cine al salón: un cambio de paradigma
Durante gran parte del siglo XX, la experiencia cinematográfica era sacra. Ir al cine implicaba un ritual: la compra de entradas, la elección del asiento, la oscuridad, el silencio expectante antes de que la pantalla cobrara vida. Era una experiencia comunal y, lo que es más importante, una que demandaba y recompensaba la atención exclusiva. Los cineastas creaban sus obras sabiendo que el público las consumiría en un entorno diseñado para maximizar la inmersión: una pantalla gigante, un sistema de sonido envolvente, y un entorno libre de distracciones.
Con la llegada de la televisión, el cine tuvo que adaptarse, pero la televisión de emisión todavía mantenía cierta estructura de consumo (horarios fijos, pausas para publicidad). El verdadero cambio de paradigma llegó con el vídeo doméstico, y luego con el DVD, pero fue el streaming el que democratizó y fragmentó la experiencia de una manera sin precedentes. De repente, el salón de casa, la habitación, o incluso el transporte público, se convirtieron en las nuevas "salas de cine". El botón de pausa se volvió un aliado, la luz ambiente ya no importaba, y la segunda pantalla (el móvil) se convirtió en una compañía constante. Este cambio, aunque conveniente para el consumidor, plantea serios interrogantes sobre la intención original del artista y la forma en que su obra es finalmente percibida.
Netflix y el algoritmo: la personalización frente a la profundidad
Netflix, como pionero y gigante del streaming, ha sido un motor clave en esta transformación. Su modelo de negocio se basa en un catálogo vasto y accesible, y en algoritmos sofisticados que personalizan las recomendaciones para cada usuario. La experiencia de "binge-watching" (ver una serie completa o una sucesión de películas de una sentada) se ha convertido en la norma para muchos. Sin embargo, esta personalización, aunque busca mantener al usuario enganchado, a menudo lleva a una lógica de "más de lo mismo". Los algoritmos, al basarse en el historial de visualización, tienden a recomendar contenidos que se ajustan a patrones ya establecidos, lo que puede fomentar la creación de historias que se sienten familiares, predecibles y, en cierto sentido, repetitivas.
Si bien Netflix ha producido obras de innegable calidad y ha dado voz a creadores innovadores, también es innegable que parte de su estrategia pasa por generar un volumen masivo de contenido que sea fácilmente consumible. ¿Es esta una razón por la que algunas de sus producciones podrían recurrir a la repetición argumental? Es plausible. Si el objetivo principal es la retención del suscriptor y la maximización del tiempo de visionado, la creación de narrativas que sean fáciles de seguir, incluso con distracciones, podría ser vista como una ventaja comercial. Esto nos lleva a cuestionar si la búsqueda de la profundidad narrativa y la complejidad artística está siendo, en algunos casos, supeditada a la necesidad de mantener al espectador enganchado en un ecosistema de entretenimiento competitivo. Para una perspectiva más detallada sobre los patrones de consumo en plataformas de streaming, se puede consultar este análisis: Video streaming platforms in Spain - Statistics & Facts.
El impacto en la narrativa y la creación cinematográfica
La posibilidad de que las películas de streaming se diseñen teniendo en cuenta la distracción del espectador tiene profundas implicaciones para la narrativa y el proceso creativo en el cine. Si la atención dividida se convierte en el nuevo estándar, los guionistas y directores se verán en la necesidad de adaptar sus métodos, lo que podría redefinir qué tipo de historias se cuentan y cómo se estructuran.
La estructura de las películas "para móvil"
Si una película se concibe para ser vista en un entorno donde el móvil es un competidor constante, ¿cómo cambia su estructura? Se podría especular que las películas diseñadas bajo esta premisa podrían adoptar varias características:
- Ritmo acelerado y ganchos constantes: Para evitar que la atención divague, la narrativa podría recurrir a un ritmo más rápido, con menos momentos de pausa y una sucesión constante de eventos o revelaciones que sirvan como "ganchos" para el espectador.
- Exposición explícita y reiterada: Como señalaba Damon, la repetición de argumentos o puntos clave podría ser una táctica para asegurar que incluso aquellos espectadores que se han distraído brevemente puedan retomar el hilo de la historia sin sentirse perdidos. Esto podría manifestarse en diálogos más expositivos, en la reiteración visual de ciertos elementos o incluso en segmentos que actúen como "resúmenes" de lo que acaba de suceder.
- Fragmentación narrativa: Algunas historias podrían estructurarse en segmentos más pequeños y autónomos, como capítulos de una serie, de modo que cada parte tenga un inicio, un desarrollo y un final que puedan ser "pausados" o asimilados incluso con interrupciones.
- Menos énfasis en la sutileza: Los detalles finos, las metáforas visuales complejas o los desarrollos psicológicos sutiles podrían verse comprometidos si el objetivo es una comprensión rápida y directa para un público distraído. La ambigüedad o la lentitud deliberada, que a menudo enriquecen las obras de autor, podrían ser consideradas "riesgos" en este nuevo paradigma.
Personalmente, me preocupa que esta tendencia pueda llevar a una homogenización del lenguaje cinematográfico. El cine tiene la capacidad de desafiar, de incomodar, de invitar a la reflexión profunda. Si todo se adapta a la máxima facilidad de consumo, corremos el riesgo de perder esa capacidad transformadora. El arte debería elevar al espectador, no siempre rebajarse a sus circunstancias más convenientes.
¿Es el móvil el único culpable? Otros factores en juego
Sería simplista culpar únicamente al móvil y a la distracción del público por esta posible tendencia. Hay otros factores, inherentes a la industria y al mercado, que también pueden contribuir a la repetición argumental o a la percepción de una menor profundidad:
- Presión por el éxito comercial: En un mercado de streaming altamente competitivo, las plataformas necesitan asegurar el éxito de sus producciones para retener y atraer suscriptores. Esto a menudo se traduce en la inclinación por fórmulas probadas, géneros populares y narrativas que resuenen con amplias audiencias, lo que puede llevar a una cierta previsibilidad.
- Contenido basado en IP y secuelas: La proliferación de franquicias, secuelas, precuelas y reboots es una estrategia comercial que capitaliza la familiaridad del público con propiedades intelectuales existentes. Aunque esto no siempre implica repetición argumental directa, sí puede generar una sensación de reciclaje de ideas y estructuras narrativas.
- Algoritmos de recomendación: Como se mencionó, los algoritmos de las plataformas, al basarse en patrones de visualización, pueden crear una burbuja de contenido donde se priorizan historias similares a las que ya se han consumido, reforzando la sensación de que "todo se parece".
- Proceso creativo y desarrollo de guiones: En algunos casos, la repetición puede ser un síntoma de falta de originalidad o de presiones en el proceso de desarrollo de guiones, donde las notas de estudio o las revisiones pueden llevar a simplificaciones.
Las palabras de Matt Damon, por tanto, deben entenderse como un síntoma de un ecosistema más amplio donde múltiples fuerzas convergen para moldear la forma en que se crea y se consume el contenido. Para una visión interna sobre cómo los guionistas enfrentan estas presiones, este artículo ofrece una perspectiva interesante: Screenwriters face pressure to adapt in streaming era (en inglés, requiere traducción).
La defensa de la experiencia cinematográfica tradicional
Frente a la crítica de Matt Damon y el panorama del streaming, surge con fuerza la defensa de la experiencia cinematográfica tradicional, no solo como un acto nostálgico, sino como un valor intrínseco que se resiste a desaparecer.
Inmersión y comunión: el valor del cine
La sala de cine ofrece algo que ninguna pantalla doméstica, por avanzada que sea, puede replicar completamente: una inmersión total y una experiencia comunal. La oscuridad, la pantalla inmensa que domina el campo de visión, el sonido envolvente que te transporta, la ausencia de distracciones del mundo exterior y, quizás lo más importante, la presencia de otros espectadores compartiendo la misma emoción, la misma risa o el mismo sobrecogimiento. Todo ello crea un ambiente único que fomenta una conexión profunda con la historia.
Los cineastas, durante décadas, han compuesto sus obras pensando en este entorno. Cada encuadre, cada movimiento de cámara, cada diseño de sonido, está pensado para ser experimentado en su máxima expresión en la gran pantalla. Perder esta forma de consumo significa no solo perder la experiencia, sino también la intención artística original detrás de muchas de las películas. No es lo mismo ver un plano secuencia complejo o un detallado diseño de producción en un televisor de 60 pulgadas que en una sala IMAX. La emoción de una película de terror se magnifica con el silencio colectivo, y la risa de una comedia se contagia entre la audiencia.
¿Está realmente "muriendo" el cine?
La pregunta sobre la "muerte del cine" ha sido recurrente a lo largo de su historia, cada vez que una nueva tecnología ha surgido para desafiarlo (la televisión, el VHS, Internet). Y cada vez, el cine ha demostrado ser extraordinariamente resiliente. Lo que estamos presenciando quizás no sea una muerte, sino una profunda evolución y una diversificación. El cine de las salas y el cine de las plataformas de streaming pueden y, de hecho, coexisten.
Las grandes producciones, los eventos cinematográficos, las películas de autor con prestigio, siguen atrayendo al público a las salas, a menudo con récords de taquilla. La experiencia sigue siendo valorada como un acto cultural y social. Es cierto que el modelo de negocio ha cambiado, con ventanas de exhibición más cortas y una mayor competencia. Pero el deseo de ver historias en una pantalla grande, sin interrupciones, sigue vivo. La taquilla post-pandemia, aunque volátil, muestra signos de recuperación para ciertos géneros y títulos, indicando que el público aún valora la experiencia de ir al cine. Para analizar cómo la taquilla se ha comportado recientemente y la resistencia del modelo tradicional, este informe de EFE sobre la taquilla española puede ser de interés.
Hacia un futuro híbrido: ¿pueden coexistir la calidad y la accesibilidad?
El debate suscitado por Matt Damon nos empuja a reflexionar sobre cómo se articulará el futuro del cine y el entretenimiento audiovisual. No se trata de demonizar una plataforma o un hábito de consumo, sino de buscar un equilibrio que permita la coexistencia de la calidad artística y la accesibilidad para el público.
El reto de los creadores
El desafío para los creadores de contenido es monumental. ¿Cómo se pueden contar historias que resuenen en una pantalla de cine, pero que también sean efectivas cuando se consumen en una tablet o un móvil? ¿Es posible diseñar narrativas que recompensen la atención profunda, pero que también soporten la intermitencia de la mirada distraída? Algunos cineastas ya están experimentando con diferentes formatos, o incluso con versiones alternativas de sus obras para distintas plataformas.
Quizás la clave no sea tanto la repetición argumental, sino la capacidad de crear "capas" narrativas: una capa superficial que sea fácil de seguir incluso con distracciones, y capas más profundas de significado, simbolismo y desarrollo de personajes que solo se revelen con una atención plena. Esto exigiría una mayor sofisticación en la escritura y la dirección, una tarea nada sencilla.
Además, existe una responsabilidad compartida. Los creadores deben seguir apostando por la originalidad y la ambición artística, sin sucumbir por completo a las demandas del mínimo común denominador de la atención. Y el público, por su parte, debe ser consciente de cómo consume el contenido, y quizás hacer un esfuerzo consciente por dedicarse por completo a aquellas obras que merecen una inmersión total.
Mi perspectiva: la dualidad del disfrute
En mi opinión, existe una dualidad en el disfrute del contenido audiovisual que debe ser reconocida. Hay momentos en los que uno busca una pelícu