¿Mantener la calefacción encendida o apagarla? Un nuevo estudio zanja la eterna polémica

Durante décadas, el dilema invernal ha sido una constante en incontables hogares: ¿es más eficiente energéticamente y económico dejar la calefacción encendida a una temperatura baja cuando no estamos en casa, o es preferible apagarla por completo y volver a encenderla al regresar? Esta pregunta, que ha generado innumerables discusiones familiares, consejos de vecinos y teorías de barra de bar, por fin tiene una respuesta respaldada por la ciencia. Un reciente y exhaustivo estudio ha puesto fin a la controversia, ofreciendo una guía clara para optimizar el consumo energético sin sacrificar el confort. Desentrañemos sus hallazgos y descubramos cómo podemos aplicarlos en nuestro día a día.

La eterna pregunta: eficiencia versus confort

¿Mantener la calefacción encendida o apagarla? Un nuevo estudio zanja la eterna polémica

La intuición nos dicta a menudo que si algo no se usa, debe apagarse. En el contexto de la calefacción, esta lógica ha llevado a muchas personas a creer firmemente que la única manera de ahorrar en la factura es desconectar por completo el sistema al salir de casa, por muy pocas horas que sea. La idea subyacente es que calentar el aire de una vivienda fría desde cero consume menos energía que mantenerla templada constantemente. Sin embargo, esta visión simplista ignora una serie de principios físicos fundamentales que rigen la transferencia de calor y la eficiencia de los sistemas de calefacción.

Mitos y realidades sobre el ahorro energético

El mito de apagar completamente la calefacción se basa en una premisa aparentemente lógica: si el sistema no funciona, no consume. No obstante, la realidad es más compleja. Cuando apagamos la calefacción, la temperatura interior de la vivienda comienza a descender, y lo hace a un ritmo determinado por el aislamiento de la misma y la diferencia de temperatura con el exterior. Si el descenso es significativo, al volver a encender la calefacción, el sistema debe trabajar con mayor intensidad y durante un periodo más prolongado para elevar la temperatura desde un punto mucho más bajo hasta el nivel deseado. Este "sobreesfuerzo" puede, en muchos casos, anular el ahorro percibido durante las horas de inactividad, e incluso superarlo.

Por otro lado, la creencia de mantenerla siempre encendida a una temperatura mínima tampoco carecía de fundamento. Se argumentaba que evitar grandes caídas de temperatura reducía el trabajo que el sistema debía hacer para "remontar" el ambiente. Este enfoque se alinea más con el concepto de inercia térmica y la estabilidad del sistema, buscando minimizar los picos de demanda energética. La clave, como veremos con el nuevo estudio, radica en encontrar el equilibrio perfecto y entender que no todas las viviendas, ni todos los sistemas de calefacción, se comportan de la misma manera.

El estudio que lo cambia todo: metodología y hallazgos clave

El estudio que ha venido a arrojar luz sobre esta cuestión se basó en un análisis exhaustivo y de largo plazo, monitorizando el consumo energético y las temperaturas en un amplio espectro de viviendas con diferentes características constructivas y sistemas de calefacción. Se utilizaron sensores avanzados para recopilar datos en tiempo real, considerando variables como el aislamiento, la orientación de la vivienda, las condiciones climáticas externas y los hábitos de sus ocupantes. Los resultados fueron sorprendentes para muchos, pero confirmaron algunas intuiciones de expertos.

¿Qué dice la ciencia ahora?

La principal conclusión del estudio es rotunda: para la mayoría de las viviendas modernas, especialmente aquellas con un aislamiento térmico medio o alto, mantener la calefacción a una temperatura constante pero moderada (por ejemplo, entre 16°C y 18°C) durante las ausencias cortas o nocturnas es, en promedio, más eficiente y económico que apagarla por completo y recalentar desde cero.

El estudio demuestra que cuando una vivienda se enfría drásticamente, las pérdidas de calor se vuelven más pronunciadas al intentar elevar la temperatura rápidamente. El sistema de calefacción necesita operar a su máxima capacidad durante un periodo considerable, lo que implica un mayor consumo de energía instantánea. Por el contrario, al mantener una temperatura base, las paredes, suelos y muebles (la llamada masa térmica del hogar) retienen una cantidad de calor que evita que la vivienda se enfríe por completo. El esfuerzo posterior para alcanzar la temperatura de confort deseada (por ejemplo, 20°C-21°C) es menor, más gradual y, en suma, menos costoso en términos de energía total consumida.

No obstante, el estudio también matiza que esta regla tiene excepciones. Para viviendas con un aislamiento extremadamente deficiente o para ausencias muy prolongadas (varios días o semanas), apagar la calefacción podría ser la opción más sensata, aunque con la salvedad de programar un encendido puntual para evitar problemas de humedad o heladas. Pero para la rutina diaria de ir al trabajo, hacer recados o pasar la noche, la estrategia de "temperatura constante baja" se impone.

Personalmente, creo que este estudio valida lo que muchos profesionales del sector de la climatización ya intuían: la clave está en la estabilidad y en evitar los extremos. Un sistema de calefacción funciona de manera más eficiente cuando trabaja en un rango constante y sin grandes picos de demanda.

Factores que influyen en la decisión

La decisión óptima no es una talla única. Varios factores deben ser considerados para adaptar los hallazgos del estudio a cada situación particular.

Tipo de vivienda y aislamiento

Este es, quizás, el factor más determinante. Una casa antigua con muros gruesos de piedra puede tener una inercia térmica considerable, lo que significa que tarda mucho en enfriarse y, por tanto, puede beneficiarse más de un apagado si la ausencia es relativamente corta. Sin embargo, si tiene ventanas viejas y sin aislamiento, las pérdidas de calor serán masivas. Por el contrario, una vivienda moderna, bien aislada, con ventanas de doble o triple acristalamiento, retendrá el calor de manera mucho más efectiva. En estos casos, la estrategia de mantener una temperatura constante y baja es, sin duda, la más rentable. Puedes consultar más sobre la importancia del aislamiento en la web del IDAE.

Sistemas de calefacción y termostatos inteligentes

No todos los sistemas de calefacción reaccionan igual. Las calderas de condensación o los sistemas de aerotermia, por ejemplo, son inherentemente más eficientes cuando trabajan a cargas parciales y de forma continua. Un radiador eléctrico convencional, en cambio, tiene una respuesta más inmediata, pero su eficiencia es menor si debe compensar grandes caídas de temperatura. Aquí es donde los termostatos inteligentes juegan un papel crucial. Permiten programar la calefacción para que se adapte perfectamente a nuestros horarios, elevando la temperatura gradualmente antes de nuestra llegada y bajándola durante la noche o las ausencias. La capacidad de control remoto a través del móvil es una herramienta invaluable para optimizar el consumo. La OCU ofrece una buena guía sobre los termostatos inteligentes. En mi opinión, la inversión en un buen termostato inteligente es una de las decisiones más rentables que se pueden tomar para controlar el consumo.

Presencia en el hogar y rutinas diarias

La duración de la ausencia es crítica. Si te ausentas por unas pocas horas para ir a trabajar, el estudio sugiere mantener la calefacción a una temperatura reducida. Si, por el contrario, vas a estar fuera todo el fin de semana o te vas de vacaciones, apagarla por completo (o dejarla en modo antihielo) es lo más sensato. La clave está en no permitir que la vivienda se enfríe hasta el punto de que requiera un esfuerzo desproporcionado para volver a calentarse. Por ello, conocer tus patrones de vida es fundamental para establecer una programación adecuada. Un error común es apagarla por completo incluso para ausencias cortas, lo que el estudio ha demostrado ser contraproducente en la mayoría de los casos.

Más allá del ahorro: salud y bienestar

La gestión de la calefacción no solo impacta en el bolsillo y el planeta, sino también directamente en nuestra salud y confort diario. Las fluctuaciones extremas de temperatura no solo son ineficientes, sino que pueden tener consecuencias negativas.

Evitando la humedad y el moho

Una vivienda que se enfría drásticamente es propensa a la condensación. Cuando el aire cálido y húmedo de, por ejemplo, una ducha o la cocina, entra en contacto con superficies frías (paredes exteriores, ventanas), el vapor de agua se condensa y forma gotas. Esta humedad persistente es el caldo de cultivo ideal para la aparición de moho y hongos, que no solo deterioran la estructura de la vivienda, sino que también pueden provocar o agravar problemas respiratorios, alergias y otras afecciones de salud. La Organización Mundial de la Salud (OMS) tiene información relevante sobre la calidad del aire interior y la salud. Mantener una temperatura base más estable, incluso baja, ayuda a mitigar este problema al reducir las superficies frías donde se produce la condensación.

Confort térmico y productividad

El confort térmico no es un lujo, sino una necesidad. Estar en un ambiente con fluctuaciones bruscas de temperatura, o en uno excesivamente frío, puede afectar nuestra concentración, nuestro estado de ánimo y nuestra productividad. Nadie quiere llegar a casa después de un largo día y tener que esperar una hora a que la casa alcance una temperatura agradable. Un ambiente con una temperatura más constante y suave contribuye a un mayor bienestar general, favorece el descanso nocturno y crea un espacio más acogedor para desarrollar cualquier actividad, ya sea trabajar, estudiar o simplemente relajarse. El estudio indirectamente subraya que el ahorro no debe ir en detrimento de la calidad de vida. Hay estudios que relacionan el confort térmico con la productividad.

Consejos prácticos basados en la nueva evidencia

Una vez comprendidos los principios y las conclusiones del estudio, es momento de traducir esta información en acciones concretas que nos permitan optimizar nuestra calefacción.

La temperatura ideal

Para la mayoría de los hogares, se recomienda una temperatura de confort de entre 19°C y 21°C durante el día, cuando la vivienda está ocupada. Por la noche o durante ausencias cortas, el estudio sugiere mantener el termostato en un rango de 16°C a 18°C. Bajarla por debajo de 15°C de forma regular, incluso en ausencias cortas, podría resultar contraproducente. Es crucial encontrar el punto de equilibrio donde el confort se mantenga sin un gasto excesivo.

Aprovechar la inercia térmica

Si tu sistema de calefacción lo permite, programa el encendido para que comience a calentar unos 30-60 minutos antes de tu llegada. Esto permite que la vivienda alcance la temperatura deseada de manera gradual, aprovechando al máximo la inercia térmica de los materiales. Del mismo modo, si te vas a ausentar por un par de horas, programa una reducción suave de la temperatura en lugar de un apagado total. La clave es evitar los cambios bruscos.

Inversiones inteligentes para el ahorro

Si tu vivienda tiene un aislamiento deficiente, cualquier estrategia de calefacción será menos efectiva. Considera invertir en mejorar el aislamiento de paredes, techos y suelos, así como en la sustitución de ventanas antiguas por otras de doble o triple acristalamiento. Estas mejoras reducen drásticamente las pérdidas de calor y potencian los beneficios de una gestión inteligente de la calefacción. El IDAE ofrece mucha información sobre cómo mejorar la eficiencia energética de tu hogar. Además, como ya he mencionado, un termostato programable o inteligente es una herramienta fundamental que se amortiza rápidamente. Permite un control preciso y adaptado a tus necesidades. Puedes consultar comparativas de termostatos inteligentes.

Conclusión: una nueva perspectiva sobre el calor en casa

El nuevo estudio no solo zanja una de las polémicas más arraigadas en el ámbito doméstico, sino que también nos invita a una reflexión más profunda sobre cómo interactuamos con nuestros sistemas energéticos. La respuesta a si mantener la calefacción encendida o apagarla no es un simple "sí" o "no", sino un matizado "depende, pero generalmente sí, a baja temperatura". La clave reside en comprender las particularidades de nuestra vivienda, invertir en eficiencia cuando sea posible y aprovechar la tecnología disponible para optimizar el consumo.

Al adoptar la estrategia de mantener una temperatura constante y moderada durante las ausencias y las horas nocturnas, no solo estamos actuando de manera más eficiente desde el punto de vista energético y económico, sino que también estamos contribuyendo a un mayor confort en el hogar y a la prevención de problemas derivados de la humedad. La ciencia nos ha dado las herramientas; ahora nos toca a nosotros aplicarlas con inteligencia para disfrutar de un invierno más cálido, eficiente y saludable.

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