El horizonte de 2026 se perfila como un período de significativas complejidades y desafíos interconectados. En un mundo cada vez más volátil, incierto, complejo y ambiguo (VUCA, por sus siglas en inglés), la capacidad de anticipar y mitigar los riesgos emergentes es crucial para la estabilidad económica, social y política. La velocidad a la que se desarrollan y entrelazan los acontecimientos globales nos obliga a una constante reevaluación de las amenazas que, de no ser abordadas con decisión, podrían desestabilizar regiones enteras y comprometer el bienestar de millones. No se trata solo de responder a crisis, sino de construir resiliencia y fomentar una cooperación internacional que, paradójicamente, parece estar en declive en algunos frentes. Este post busca desglosar las principales amenazas que considero dominarán la agenda global en los próximos años, analizando su naturaleza y sus posibles repercusiones.
La inestabilidad geopolítica y los conflictos armados
La paz y la estabilidad global son bienes frágiles, y los últimos años han demostrado cuán rápidamente pueden erosionarse. La competencia por la hegemonía, los recursos y la influencia ideológica está reconfigurando el orden mundial, dando lugar a un escenario donde la confrontación, tanto abierta como velada, es una constante preocupación. La interdependencia económica no ha logrado, como algunos esperaban, erradicar la lógica de la fuerza en las relaciones internacionales. En mi opinión, esta inestabilidad no es una fase transitoria, sino una nueva normalidad que exige una diplomacia más sofisticada y una mayor conciencia de los riesgos inherentes.
Escalada de tensiones regionales
Los conflictos existentes, como la guerra en Ucrania y las continuas tensiones en Oriente Medio, no muestran signos de una resolución rápida. Al contrario, la posibilidad de su extensión regional, o incluso de su interconexión con otros focos de conflicto, es una amenaza latente. La dinámica de poder entre grandes potencias (Estados Unidos, China, Rusia) se manifiesta a menudo a través de conflictos subsidiarios, donde actores locales se convierten en peones de una lucha más amplia. Esto incluye regiones como el Sahel, el Cuerno de África, y la cuenca del Indo-Pacífico, donde las disputas territoriales y el control de rutas comerciales estratégicas podrían convertirse en detonantes de conflictos de mayor envergadura. La proliferación de armas avanzadas, incluyendo la tecnología hipersónica y el armamento nuclear táctico, eleva aún más el riesgo de una escalada incontrolable. Las cadenas de suministro globales, ya frágiles por pandemias y disrupciones logísticas, son extremadamente vulnerables a estos eventos, lo que se traduce en volatilidad de precios y escasez de bienes esenciales.
El resurgimiento del proteccionismo y la fragmentación global
Paralelo a la inestabilidad militar, observamos un preocupante resurgimiento del proteccionismo económico. Las guerras comerciales, las barreras arancelarias y la relocalización de la producción ("reshoring" o "friend-shoring") están fragmentando la economía global que habíamos dado por sentada. La búsqueda de autonomía estratégica en sectores clave, como los semiconductores o las materias primas críticas, está llevando a los países a priorizar la seguridad nacional sobre la eficiencia económica global. Si bien cierta diversificación y seguridad son comprensibles, un exceso de proteccionismo puede sofocar la innovación, aumentar los costos para los consumidores y reducir la capacidad colectiva para abordar desafíos globales. La Organización Mundial del Comercio (OMC) lucha por mantener su relevancia en este nuevo paradigma, y la formación de bloques económicos más cerrados podría acelerar una desglobalización que, a la larga, perjudicaría a la mayoría. Un informe reciente del Fondo Monetario Internacional subraya los riesgos de la fragmentación geoeconómica y sus implicaciones para el crecimiento global: FMI - La fragmentación geoeconómica ya ha empezado a perjudicar a los países.
La crisis climática y sus efectos multifacéticos
La crisis climática no es una amenaza futura; es una realidad presente que se intensificará dramáticamente para 2026. Sus impactos no se limitan a cuestiones ambientales, sino que permea todas las capas de la sociedad, desde la economía y la seguridad alimentaria hasta la salud y la migración. En mi opinión, la insuficiencia de la acción global hasta la fecha nos sitúa en una trayectoria peligrosa, donde los puntos de inflexión climáticos podrían alcanzarse más pronto de lo que preveíamos.
Eventos extremos y sus consecuencias socioeconómicas
El aumento de la frecuencia e intensidad de eventos meteorológicos extremos es una de las manifestaciones más palpables del cambio climático. Olas de calor récord, sequías prolongadas que afectan la seguridad alimentaria, inundaciones devastadoras que destruyen infraestructuras y hogares, y tormentas cada vez más potentes son fenómenos que ya no sorprenden. Para 2026, se espera que estos eventos causen un desplazamiento masivo de poblaciones, exacerbando las crisis humanitarias y poniendo una presión sin precedentes sobre los recursos de los países receptores. Los daños económicos directos e indirectos serán colosales, afectando la productividad agrícola, la energía, el turismo y la salud pública. La pérdida de biodiversidad asociada también debilitará la resiliencia de los ecosistemas, haciendo que sean aún más vulnerables a futuros choques.
La transición energética y los desafíos de la descarbonización
La necesidad urgente de descarbonizar la economía global es evidente, pero la transición energética presenta sus propios desafíos significativos. Depender de los combustibles fósiles sigue siendo una realidad para la mayoría de las economías, y la volatilidad de sus precios, sumada a la inversión insuficiente en energías renovables, crea una situación precaria. La construcción de una infraestructura energética limpia a gran escala es costosa y requiere de una voluntad política y una cooperación internacional que a menudo escasea. Además, la transición trae consigo la dependencia de nuevos recursos críticos, como el litio, el cobalto y las tierras raras, cuya extracción y procesamiento están concentrados en pocas geografías, generando nuevas vulnerabilidades geopolíticas. El sexto informe de evaluación del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) detalla los impactos y la urgencia de la acción: Informes de evaluación del IPCC.
La disrupción tecnológica y sus implicaciones
El avance tecnológico, aunque ofrece soluciones innovadoras a muchos de nuestros problemas, también introduce nuevas y complejas amenazas. Desde la seguridad digital hasta la ética de la inteligencia artificial, la sociedad se enfrenta a un ritmo de cambio que supera la capacidad de adaptación de las regulaciones y las estructuras sociales.
Ciberseguridad: la guerra silenciosa
La dependencia creciente de la infraestructura digital hace que los ataques cibernéticos sean una de las amenazas más insidiosas para 2026. Gobiernos, empresas y ciudadanos están bajo constante asedio de actores estatales, grupos criminales y hackers individuales. Los ataques de ransomware pueden paralizar hospitales, empresas energéticas y cadenas de suministro. El espionaje corporativo y el robo de propiedad intelectual pueden socavar la competitividad económica de naciones enteras. Más preocupante aún es la posibilidad de ataques a infraestructuras críticas que podrían interrumpir el suministro de energía, agua o comunicaciones a gran escala. La ciberseguridad ya no es una cuestión técnica marginal; es una amenaza existencial que exige inversión masiva en defensa, capacitación y cooperación internacional. En mi opinión, la conciencia pública sobre la gravedad de esta amenaza sigue siendo insuficiente, y muchos sistemas aún no están preparados para el nivel de sofisticación de los ataques futuros. Un informe de la Agencia de la Unión Europea para la Ciberseguridad (ENISA) ofrece una visión detallada del panorama de amenazas: ENISA Threat Landscape Report 2023.
Inteligencia artificial (IA) y el futuro del trabajo y la sociedad
La rápida evolución de la inteligencia artificial (IA) generativa y sus aplicaciones promete una transformación profunda, pero también plantea serias amenazas. La automatización, impulsada por la IA, podría desplazar un número significativo de trabajadores en diversos sectores, exacerbando la desigualdad económica y social si no se implementan políticas de reentrenamiento y protección social adecuadas. Además, la IA introduce desafíos éticos complejos, como los sesgos algorítmicos que pueden perpetuar o amplificar discriminaciones existentes, y la opacidad de los sistemas de toma de decisiones. La capacidad de la IA para generar contenido hiperrealista también es una preocupación en el contexto de la desinformación y la manipulación de la opinión pública, un riesgo que para 2026 será mucho más difícil de mitigar. La necesidad de una gobernanza global para la IA es cada vez más apremiante, buscando equilibrar la innovación con la protección de los derechos humanos y la estabilidad social. No considero que la IA sea una amenaza en sí misma, pero su desarrollo y aplicación sin un marco ético y regulatorio sólido, sí lo es.
La desigualdad económica y social
La disparidad económica y social ha sido un motor de inestabilidad a lo largo de la historia, y en los próximos años, su intensificación representa una amenaza significativa para la cohesión social y la estabilidad política a nivel global.
Brecha creciente y polarización
La brecha entre los más ricos y el resto de la población continúa ensanchándose en muchas partes del mundo. Esta concentración de riqueza y poder en manos de unos pocos, combinada con el estancamiento de los salarios reales para la mayoría y la reducción de las oportunidades, alimenta la frustración y el descontento. La desigualdad no solo es una cuestión de justicia social, sino que también socava el crecimiento económico sostenible y la cohesión social. Puede dar lugar a movimientos populistas, extremismos políticos y una polarización cada vez mayor, haciendo más difícil el consenso necesario para abordar otros desafíos globales. El acceso desigual a la educación de calidad, la atención médica y las oportunidades digitales profundiza aún más estas divisiones. Oxfam International publica regularmente informes que destacan esta creciente brecha: Oxfam - Lucha contra la desigualdad.
Crisis del coste de vida y presión inflacionaria
La inflación persistente y el aumento del coste de vida han golpeado duramente a los hogares en los últimos años, reduciendo el poder adquisitivo y afectando la calidad de vida. Para 2026, si bien las presiones inflacionarias podrían moderarse, los efectos acumulados de años de precios elevados, junto con la persistencia de desafíos en las cadenas de suministro y las políticas monetarias restrictivas, podrían mantener la presión sobre los presupuestos familiares. Esto no solo afecta a los países en desarrollo, sino también a las economías avanzadas, donde la clase media se ve cada vez más exprimida. La crisis del coste de vida puede alimentar la inestabilidad social, aumentar la pobreza y dificultar la inversión en áreas clave como la educación y la salud, comprometiendo el desarrollo a largo plazo.
Amenazas sanitarias y la preparación global
La pandemia de COVID-19 sirvió como un crudo recordatorio de la vulnerabilidad de la humanidad ante las amenazas biológicas. Para 2026, la probabilidad de nuevas pandemias o la reemergencia de enfermedades conocidas sigue siendo una preocupación primordial.
Nuevas pandemias y resistencia antimicrobiana
A pesar de las lecciones supuestamente aprendidas de la COVID-19, la preparación global para la próxima pandemia sigue siendo insuficiente. La zoonosis, es decir, la transmisión de enfermedades de animales a humanos, es una fuente constante de nuevas amenazas virales, exacerbada por la deforestación y la invasión de hábitats naturales. La capacidad de los sistemas de salud a nivel mundial para responder a un nuevo brote a gran escala varía enormemente, y la distribución equitativa de vacunas y tratamientos sigue siendo un desafío. Además, una amenaza "silenciosa" pero igualmente devastadora es la creciente resistencia antimicrobiana (RAM). El uso excesivo e incorrecto de antibióticos está dando lugar a superbacterias que ya no responden a los tratamientos actuales, amenazando con devolvernos a una era preantibiótica donde infecciones comunes podrían volverse mortales. Esta es, a mi modo de ver, una de las amenazas más subestimadas pero con consecuencias potencialmente catastróficas. La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte sobre la RAM y la preparación para pandemias: OMS - Resistencia a los antimicrobianos y OMS - Preparación y resiliencia para emergencias sanitarias.
El panorama de amenazas para 2026 es complejo y multifacético, exigiendo un enfoque holístico y colaborativo. Desde la inestabilidad geopolítica hasta la crisis climática, la disrupción tecnológica y la desigualdad social, los desafíos están profundamente interconectados. Ninguna nación o entidad puede abordar estas amenazas de forma aislada. La clave para mitigar estos riesgos reside en fortalecer la cooperación internacional, invertir en resiliencia y capacidad de adaptación, y fomentar un liderazgo que priorice el bienestar a largo plazo sobre los intereses a corto plazo. La anticipación y la acción proactiva son nuestras mejores herramientas frente a un futuro que, si bien desafiante, aún podemos moldear con determinación y sabiduría.