La huella algorítmica: una de cada cuatro empresas europeas y el impacto en sus trabajadores

En el vibrante y competitivo panorama empresarial europeo, la transformación digital ha dejado de ser una promesa futurista para convertirse en una realidad palpable. Sin embargo, detrás de la eficiencia y la innovación que prometen las nuevas tecnologías, se esconde una dimensión menos visible, pero igualmente profunda: el impacto de los algoritmos en el día a día de millones de trabajadores. Un dato reciente y contundente nos invita a la reflexión: una de cada cuatro empresas europeas ya está utilizando algoritmos para gestionar o influir en aspectos cruciales de la vida laboral de sus empleados. Esta cifra no es meramente estadística; es el reflejo de un cambio estructural que está redefiniendo las dinámicas de poder, la productividad, la autonomía y, en última instancia, la dignidad en el trabajo.

Lejos de limitarse a sectores de alta tecnología, la gestión algorítmica ha permeado industrias tan diversas como la logística, los servicios de atención al cliente, el comercio minorista e incluso el sector público. Desde la asignación de tareas y la programación de turnos hasta la evaluación del desempeño, la monitorización de la productividad e incluso las decisiones de contratación o despido, los algoritmos están asumiendo roles que tradicionalmente recaían en la supervisión humana. Este fenómeno, que algunos denominan "algoritmización del trabajo", presenta un complejo entramado de ventajas potenciales, pero también un cúmulo de desafíos éticos, legales y sociales que requieren una atención urgente y un debate profundo. Es crucial entender no solo cómo esta tecnología se implementa, sino, más importante aún, cómo afecta a las personas que son objeto de su influencia, y qué medidas podemos tomar para asegurar que la innovación tecnológica sirva al progreso humano en su totalidad, sin dejar a nadie atrás.

La creciente automatización y la toma de decisiones algorítmica

La huella algorítmica: una de cada cuatro empresas europeas y el impacto en sus trabajadores

La incursión de la inteligencia artificial y los algoritmos en la gestión empresarial es un fenómeno que ha escalado rápidamente en la última década. Lo que comenzó como una herramienta para optimizar procesos repetitivos y tareas de bajo nivel, ha evolucionado hasta convertirse en un pilar central para la toma de decisiones estratégicas que afectan directamente al capital humano. Cuando hablamos de "gestión algorítmica", nos referimos al uso de sistemas informáticos que, a través de algoritmos, recopilan y analizan grandes volúmenes de datos sobre los trabajadores, con el fin de automatizar o asistir en la gestión de recursos humanos. Esto puede manifestarse de múltiples formas.

Por ejemplo, en el ámbito de la contratación, los algoritmos se utilizan para escanear currículums, filtrar candidatos e incluso realizar entrevistas iniciales, buscando patrones y palabras clave que supuestamente indican el mejor ajuste para un puesto. Una vez contratados, los trabajadores pueden encontrarse con algoritmos que asignan tareas basándose en la disponibilidad, habilidades o eficiencia previa. Los sistemas de monitorización de la productividad son quizás los más omnipresentes y controversiales, rastreando desde el tiempo dedicado a una tarea hasta el número de clics o la velocidad de escritura. En la logística, los algoritmos optimizan rutas de entrega y miden la eficiencia de los repartidores. En los centros de llamadas, dictan el ritmo de las interacciones con los clientes y evalúan el rendimiento del agente. Incluso la programación de turnos, que antes era una tarea manual y a menudo inflexible, ahora se delega a sistemas algorítmicos que buscan maximizar la cobertura y minimizar los costos, a menudo sin considerar las preferencias o necesidades personales de los empleados.

Los motores detrás de esta adopción masiva son variados. Las empresas buscan principalmente la eficiencia operativa, la reducción de costos y una supuesta mayor "objetividad" en la toma de decisiones. La idea es que los algoritmos, al basarse en datos, eliminan los sesgos humanos y garantizan un trato más justo. Sin embargo, esta premisa es a menudo engañosa, como veremos más adelante. La promesa de una fuerza laboral más productiva, una gestión más ágil y una asignación de recursos optimizada es un atractivo innegable para las organizaciones en un mercado cada vez más globalizado y competitivo. Mi opinión personal es que, si bien la búsqueda de eficiencia es legítima, la delegación ciega de la gestión del personal a algoritmos sin una comprensión profunda de sus implicaciones puede ser una receta para el desequilibrio y la deshumanización. El dilema no radica en si usar la tecnología, sino en cómo usarla de manera responsable y ética.

Implicaciones para los trabajadores: luces y sombras

La implementación de la gestión algorítmica en el entorno laboral es una espada de doble filo, ofreciendo tanto beneficios potenciales como una serie de desafíos significativos para los trabajadores. Es crucial analizar ambas caras de la moneda para entender la complejidad de este fenómeno.

Ventajas percibidas y reales

Desde una perspectiva teórica, la gestión algorítmica puede ofrecer ciertas ventajas. Uno de los argumentos más comunes es la promesa de una mayor "justicia" y "objetividad" en la toma de decisiones. Al basarse en datos, se supone que los algoritmos eliminan los sesgos humanos inherentes a gerentes y supervisores, como el favoritismo o la discriminación consciente o inconsciente. Por ejemplo, en la asignación de tareas, un algoritmo podría asegurar que las cargas de trabajo se distribuyan de manera equitativa, o que las oportunidades de proyectos interesantes se ofrezcan a todos los cualificados, no solo a los favoritos. La estandarización de procesos que aportan los algoritmos puede llevar a una mayor claridad en las expectativas de rendimiento y a una evaluación más consistente.

Además, los algoritmos pueden mejorar la eficiencia operativa, lo que en algunos casos puede redundar en beneficios para los trabajadores. Por ejemplo, en sectores como la logística, los algoritmos pueden optimizar rutas, reducir tiempos muertos y, potencialmente, disminuir la carga física al evitar desplazamientos innecesarios. En entornos de trabajo complejos, pueden proporcionar herramientas de apoyo para la toma de decisiones, ayudando a los trabajadores a priorizar tareas y a gestionar mejor su tiempo. La rapidez con la que los algoritmos procesan información puede agilizar trámites administrativos o la resolución de problemas, liberando tiempo para actividades más creativas o de mayor valor añadido. Algunos argumentan que la transparencia de los datos que recogen estos sistemas puede empoderar a los trabajadores al darles una visión clara de su propio rendimiento, permitiéndoles identificar áreas de mejora. Sin embargo, mi opinión personal es que esta "transparencia" es a menudo unidireccional; los trabajadores son transparentes para el algoritmo, pero el funcionamiento interno del algoritmo sigue siendo una "caja negra" para ellos.

Desafíos y riesgos fundamentales

A pesar de las posibles ventajas, los desafíos y riesgos asociados con la gestión algorítmica son sustanciales y preocupantes, y a menudo superan los beneficios para el trabajador individual.

Uno de los problemas más acuciantes es la falta de transparencia. Los algoritmos suelen operar como "cajas negras", donde ni los trabajadores ni, en muchos casos, sus supervisores humanos comprenden completamente cómo se toman las decisiones. Esto dificulta enormemente la capacidad de los empleados para impugnar evaluaciones de rendimiento o decisiones que consideran injustas. Si un algoritmo decide que un trabajador es ineficiente o no apto para un puesto, ¿cómo puede defenderse el trabajador si no sabe qué criterios o datos se utilizaron?

La intensificación del control y la vigilancia es otra preocupación central. Los sistemas algorítmicos permiten una monitorización constante y granular del rendimiento, la ubicación, las comunicaciones y hasta el estado de ánimo (a través de análisis de voz o facial). Esta vigilancia constante puede generar un estrés considerable, la sensación de no tener privacidad en el lugar de trabajo y una profunda desconfianza entre empleados y empleadores. La presión por cumplir métricas algorítmicas puede llevar a los trabajadores a adoptar comportamientos poco saludables o a priorizar la cantidad sobre la calidad o la seguridad.

Los sesgos algorítmicos son un riesgo latente y documentado. Los algoritmos aprenden de los datos con los que se les entrena. Si estos datos reflejan sesgos históricos presentes en la sociedad (por ejemplo, en la contratación de ciertos grupos demográficos), el algoritmo los replicará y amplificará, perpetuando la discriminación. Esto puede manifestarse en procesos de selección que descartan automáticamente a candidatas mujeres para puestos tradicionalmente masculinos, o en evaluaciones de rendimiento que penalizan a ciertos grupos étnicos. La promesa de "objetividad" se desvanece cuando la base de datos de entrenamiento ya está viciada. Un estudio reciente de la Comisión Europea o agencias como Eurofound a menudo resaltan estos problemas, sugiriendo la necesidad de auditorías éticas y regulaciones más estrictas. Puedes consultar más sobre estos desafíos en informes como los de la Fundación Europea para la Mejora de las Condiciones de Vida y de Trabajo (Eurofound) aquí.

La intensificación del trabajo y la erosión de la autonomía son también consecuencias directas. Los algoritmos pueden dictar el ritmo de trabajo, establecer micro-objetivos y presionar a los trabajadores para que cumplan con un rendimiento medido al milisegundo. Esto puede generar un entorno laboral donde la capacidad de un individuo para tomar decisiones, ejercer juicio o incluso tomar un descanso se ve drásticamente reducida, lo que impacta negativamente en la salud mental y física. Se deshumaniza el trabajo al reducir a la persona a una mera extensión de la máquina.

Finalmente, la dificultad para impugnar decisiones y la ausencia de interacción humana significativa contribuyen a una sensación de impotencia. Cuando un algoritmo es el que toma la decisión sobre una promoción, una sanción o incluso un despido, ¿a quién se apela? La falta de un interlocutor humano empático y la opacidad del proceso algorítmico dejan a los trabajadores en una posición de vulnerabilidad extrema. Esto subraya la necesidad de mecanismos de recurso claros y de la obligatoriedad de la supervisión humana en decisiones algorítmicas de alto riesgo.

El marco regulatorio europeo: un paso hacia la gobernanza algorítmica

Ante la proliferación de la gestión algorítmica y los riesgos que entraña para los derechos de los trabajadores, la Unión Europea ha emergido como una de las jurisdicciones pioneras en abordar esta cuestión a través de un marco regulatorio robusto. Consciente de que la innovación no debe socavar los principios fundamentales de los derechos humanos y laborales, la UE ha puesto en marcha varias iniciativas que buscan establecer límites y garantías en el uso de la inteligencia artificial, especialmente en contextos laborales.

El Reglamento General de Protección de Datos (RGPD), en vigor desde 2018, fue un precursor crucial en este sentido. Aunque no se dirige específicamente a la gestión algorítmica, sus principios de minimización de datos, limitación de la finalidad, transparencia, rendición de cuentas y, sobre todo, el derecho a no ser objeto de decisiones individuales automatizadas (artículo 22) que produzcan efectos jurídicos o le afecten significativamente, son directamente aplicables. El RGPD exige que las empresas informen a los trabajadores cuando se toman decisiones importantes sobre ellos de forma puramente algorítmica y les ofrece la posibilidad de solicitar intervención humana. Puedes encontrar información detallada sobre el RGPD aquí.

Sin embargo, el hito más significativo en este ámbito es, sin duda, la Ley de Inteligencia Artificial (AI Act), cuya aprobación final se espera para 2024. Este reglamento pionero a nivel mundial adopta un enfoque basado en el riesgo, clasificando los sistemas de IA en diferentes categorías según su potencial de daño. Los sistemas de IA utilizados en la gestión de recursos humanos, especialmente aquellos que evalúan el rendimiento, monitorean a los trabajadores, o se usan para la contratación y toma de decisiones sobre promociones o despidos, han sido clasificados como "sistemas de alto riesgo". Esto implica que los desarrolladores y usuarios de estos sistemas deben cumplir con una serie de requisitos estrictos antes de su comercialización y uso.

Entre estos requisitos se incluyen la implementación de sistemas de gestión de riesgos, la garantía de la calidad de los datos utilizados (para mitigar sesgos), la supervisión humana obligatoria, la transparencia y la explicabilidad de los algoritmos, y la realización de evaluaciones de impacto sobre los derechos fundamentales. La AI Act busca asegurar que los sistemas de IA sean seguros, transparentes, explicables, no discriminatorios y respetuosos con los derechos fundamentales de los ciudadanos europeos. Para más información sobre la AI Act, puedes consultar la página oficial de la Comisión Europea aquí.

Además de la legislación, el diálogo social y el papel de los sindicatos son fundamentales. Organizaciones como la Confederación Europea de Sindicatos (ETUC) han estado activas en la promoción de un marco regulatorio que proteja a los trabajadores de los excesos algorítmicos, abogando por el "derecho a desconectar", el "derecho a la explicación algorítmica" y la necesidad de una negociación colectiva sobre la implementación de estas tecnologías. La participación de los representantes de los trabajadores en el diseño y la implementación de sistemas de gestión algorítmica es crucial para asegurar que sus preocupaciones sean tenidas en cuenta y que los beneficios de la tecnología se compartan de manera más equitativa. Mi punto de vista es que sin la voz de los trabajadores a través de sus representantes, cualquier regulación, por bien intencionada que sea, corre el riesgo de ser insuficiente.

Casos de estudio y ejemplos sectoriales

Para comprender mejor cómo la gestión algorítmica se manifiesta en la práctica, es útil examinar algunos ejemplos concretos en diversos sectores. Estos casos ilustran la versatilidad de estas herramientas, pero también las diferentes formas en que afectan a los trabajadores.

Uno de los sectores donde la algoritmización del trabajo es más patente es el de la logística y el reparto a domicilio. Empresas como Amazon, Glovo o Uber Eats dependen en gran medida de algoritmos para gestionar su vasta fuerza laboral. Para los conductores y repartidores, los algoritmos asignan rutas, controlan los tiempos de entrega, calculan la eficiencia e incluso determinan las tarifas de pago. Si un conductor tarda "demasiado" en una entrega, o si su calificación baja debido a quejas de clientes, el algoritmo puede penalizarlo, reducir su acceso a nuevos pedidos o incluso desactivar su cuenta. La presión por seguir las indicaciones del GPS algorítmico y cumplir con los plazos estrictos puede llevar a prácticas de conducción peligrosas o a la negligencia de los descansos, afectando la seguridad y la salud. Un informe de la Autoridad Laboral Europea (ELA) sobre el trabajo en plataformas a menudo destaca estos desafíos, puedes explorar sus publicaciones aquí.

En los centros de llamadas (call centers), los algoritmos son ampliamente utilizados para monitorizar cada aspecto de la interacción del agente con el cliente. Estos sistemas pueden analizar el tono de voz del agente, la duración de la llamada, el número de problemas resueltos, el nivel de satisfacción del cliente e incluso el tiempo entre llamadas. Los algoritmos pueden dictar qué scripts usar, qué información proporcionar e incluso sugerir la siguiente acción. Los agentes a menudo sienten que están constantemente bajo escrutinio, con poco margen para la espontaneidad o la empatía genuina, lo que lleva a un desgaste emocional significativo. La presión por mantener un cierto "ritmo de llamada" o por alcanzar cuotas preestablecidas por el algoritmo puede priorizar la eficiencia sobre la calidad del servicio o el bienestar del propio agente.

El comercio minorista y el sector servicios también han adoptado estas tecnologías. Los algoritmos pueden optimizar la programación de turnos basándose en la previsión de la demanda, lo que puede resultar en horarios de trabajo muy variables y poco predecibles para los empleados. Esto dificulta la conciliación de la vida laboral y familiar y genera inestabilidad económica. Además, los sistemas de cámaras con análisis facial o de movimiento pueden monitorizar la presencia de los empleados, su interacción con los clientes y su adhesión a los procedimientos, lo que incrementa la vigilancia en el lugar de trabajo.

Incluso en la selección de personal, el uso de algoritmos para filtrar currículums o realizar entrevistas por vídeo está cada vez más extendido. Aunque prometen eficiencia y la eliminación de sesgos humanos, estudios han demostrado que estos algoritmos pueden replicar y amplificar sesgos existentes en los datos de entrenamiento. Por ejemplo, si históricamente una empresa ha contratado predominantemente a hombres para un cierto puesto, el algoritmo podría aprender a desfavorecer a las candidatas femeninas, independientemente de sus cualificaciones. Esto plantea serias preguntas sobre la equidad y la discriminación en el proceso de contratación. Investigaciones de organizaciones como la Organización Internacional del Trabajo (OIT) han abordado la ética de la IA en el trabajo aquí.

Estos ejemplos muestran que, si bien la tecnología puede aportar eficiencias, su implementación sin una consideración cuidadosa de sus implicaciones humanas puede socavar la autonomía, la dignidad y la salud de los trabajadores. La experiencia de la algoritmia difiere enormemente entre sectores y, a menudo, es más intrusiva en aquellos trabajos con menor cualificación o menor poder de negociación.

Mirando hacia el futuro: ¿cómo humanizar la algoritmia?

El camino hacia una integración responsable y ética de la gestión algorítmica en el entorno laboral no es sencillo, pero es indispensable. No se trata de rechazar la tecnología, sino de dominarla y moldearla para que sirva a los intereses humanos y al progreso social, en lugar de lo contrario. El desafío radica en "humanizar la algoritmia", es decir, en diseñar, implementar y utilizar si

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