La inteligencia artificial (IA) ha irrumpido en nuestras vidas con la fuerza de un huracán tecnológico, prometiendo transformar desde la medicina hasta el ocio. Sin embargo, no todo el mundo la contempla con el mismo optimismo. Economistas como Santiago Niño Becerra, conocido por sus análisis críticos y a menudo sombríos, han levantado la voz para advertir sobre las profundas repercusiones socioeconómicas que esta revolución podría acarrear. Sus predicciones no son un mero ejercicio de futurismo, sino una seria reflexión basada en las lógicas del mercado y la estructura productiva actual. Según Becerra, la IA nos conduciría a "menores niveles salariales, menos cotizaciones sociales y baja recaudación fiscal. Es decir, más pobreza". Una afirmación contundente que merece ser analizada con detenimiento.
El sombrío pronóstico de Niño Becerra
La esencia de la preocupación de Niño Becerra radica en la capacidad de la IA para reemplazar o complementar a la mano de obra humana en una escala sin precedentes. No se trata solo de trabajos manuales o rutinarios; la IA avanzada puede asumir tareas cognitivas complejas, tradicionalmente asociadas a profesionales cualificados. Si las máquinas pueden realizar eficientemente estas funciones, la demanda de trabajadores humanos disminuirá, y con ella, el poder de negociación de los salarios. Esto llevaría inevitablemente a una presión a la baja sobre los sueldos en amplios sectores de la economía, un fenómeno que ya empezamos a vislumbrar en ciertos nichos.
Pero el efecto no se detiene ahí. Menos salarios significan automáticamente menos cotizaciones a la seguridad social. Este es un pilar fundamental de nuestro Estado del Bienestar, financiando pensiones, prestaciones por desempleo y servicios de salud. Si la base de cotizantes y el monto de sus aportaciones se reducen drásticamente, el sistema se verá abocado a un desequilibrio insostenible. Asimismo, la baja recaudación fiscal, derivada de salarios más bajos y, potencialmente, de una menor actividad económica impulsada por el consumo de una población con menor poder adquisitivo, mermaría la capacidad del Estado para financiar servicios públicos esenciales, inversiones en infraestructuras y programas sociales.
¿Por qué la inteligencia artificial podría generar pobreza?
Efecto en los salarios y el empleo
La automatización impulsada por la IA no solo reduce la necesidad de ciertos puestos, sino que también reconfigura el panorama laboral. Aquellos que puedan adaptarse y trabajar en conjunto con la IA podrían ver sus salarios aumentar, pero la gran mayoría que no logre esta adaptación o cuyas tareas sean completamente redundantes, enfrentará un futuro incierto. Esto crearía una brecha aún mayor entre una élite tecnológica y el resto de la población, exacerbando la desigualdad. La competitividad por los pocos empleos que no puedan ser automatizados, o que requieran una interacción humana muy específica, podría ser feroz, presionando aún más los sueldos a la baja.
Un informe del Foro Económico Mundial ya advierte sobre la magnitud de los cambios en el mercado laboral, aunque también subraya la creación de nuevos roles. El desafío, sin embargo, radica en la velocidad y la escala de esta transformación, y en la capacidad de las sociedades para reentrenar y adaptar a su fuerza laboral a tiempo.
El desafío para las arcas públicas
Si la base imponible se erosiona por la disminución de los salarios y el empleo, el impacto en la recaudación fiscal es innegable. Las empresas tecnológicas, que a menudo operan globalmente y optimizan sus estructuras fiscales, pueden contribuir menos al erario público en proporción a su valor y la automatización que impulsan. Esta conjunción de factores —menos ingresos por cotizaciones sociales y menos impuestos— dibuja un escenario preocupante para la sostenibilidad de los modelos de bienestar social tal como los conocemos, empujando a más individuos y familias hacia la precariedad y la pobreza.
Una perspectiva personal sobre el futuro laboral
Es difícil ignorar la lógica implacable de los argumentos de Niño Becerra. La historia nos ha enseñado que las revoluciones tecnológicas siempre traen consigo disrupciones y periodos de ajuste dolorosos. Sin embargo, también creo que la humanidad ha demostrado una capacidad asombrosa para adaptarse y generar nuevas oportunidades. El problema no es la tecnología en sí, sino cómo la gestionamos y qué políticas implementamos para mitigar sus efectos adversos. Ignorar las advertencias sería ingenuo, pero caer en un catastrofismo inmovilizador tampoco nos llevará a buen puerto. Es esencial un debate constructivo y proactivo.
Estrategias de mitigación y debate necesario
Ante este panorama, surgen preguntas cruciales: ¿Cómo debemos preparar a nuestra sociedad para este futuro? ¿Qué papel deben jugar los gobiernos? Algunas de las soluciones propuestas incluyen la inversión masiva en educación y reentrenamiento laboral para dotar a los trabajadores de las habilidades necesarias en la nueva economía. Otra idea en auge es la renta básica universal (RBU), un ingreso garantizado que podría servir como red de seguridad en un mundo con menos empleo tradicional. También se plantea la necesidad de reformar los sistemas fiscales para gravar la automatización o los beneficios generados por la IA, asegurando que las ganancias de esta tecnología beneficien a toda la sociedad y no solo a unos pocos.
La visión de Niño Becerra nos obliga a confrontar una realidad compleja y a tomar decisiones estratégicas hoy mismo para no lamentarlas mañana. La IA no es una fuerza neutral; su impacto dependerá, en última instancia, de cómo decidamos modelarla y regularla para que sirva al bienestar colectivo, en lugar de profundizar las brechas existentes.