España: ciencia de élite, industria pendiente

La ciencia española brilla con luz propia en el panorama internacional, un hecho que a menudo se celebra con orgullo, pero que, tal como señaló Óscar Sala de NASA SpaceApps, encierra una paradoja persistente: "España es top 10 mundial en ciencia, pero muchas veces ese talento no se traduce en industria". Esta declaración, lejos de ser una crítica, es un llamado a la acción, una invitación a reflexionar sobre un desafío estructural que limita el pleno potencial de nuestra nación. ¿Cómo es posible que un país con investigadores de primer nivel, proyectos punteros y una capacidad innata para generar conocimiento, no logre capitalizarlo en la misma medida a través de un robusto tejido industrial y empresarial? La respuesta es compleja, multifactorial, y se asienta en barreras que van desde la inversión hasta la cultura, pasando por la conexión entre el mundo académico y el productivo. Explorar este desequilibrio no es solo un ejercicio intelectual, sino una necesidad imperativa para el futuro económico y social de España.

La brillantez de la ciencia española: un activo innegable

España: ciencia de élite, industria pendiente

No es exageración afirmar que la comunidad científica española se ha ganado a pulso su puesto entre las diez primeras del mundo. Universidades, centros de investigación y hospitales han producido avances significativos en una multitud de campos. Desde la investigación biomédica, con contribuciones destacadas en áreas como la oncología, las enfermedades neurodegenerativas o las terapias génicas, hasta la energía y el medio ambiente, donde España es pionera en energías renovables y en la gestión de recursos hídricos. Nuestros astrofísicos participan en proyectos de envergadura global, y la excelencia en materiales avanzados o en la microelectrónica es reconocida internacionalmente.

Este éxito se fundamenta en un talento humano excepcional, forjado en un sistema educativo robusto y en una fuerte tradición de vocación científica. Los investigadores españoles publican en las revistas más prestigiosas, lideran consorcios internacionales y atraen financiación competitiva de programas europeos. La participación en grandes infraestructuras científicas, como el CERN o el Observatorio Europeo Austral (ESO), es prueba irrefutable de nuestra capacidad. En mi opinión, este reconocimiento global debería ser la base para construir una confianza interna que impulse proyectos más ambiciosos a nivel nacional, superando a menudo el fatalismo o la autocrítica excesiva.

Sin embargo, esta brillantez contrasta con la dificultad para transformar ese capital intelectual en valor añadido económico. La investigación básica, fundamental para el avance del conocimiento, a menudo no encuentra los cauces adecuados para convertirse en patentes, prototipos, nuevos productos o servicios que generen empleo cualificado y riqueza. Es como si tuviéramos una mina de oro de ideas, pero nos faltaran las refinerías para procesar ese mineral y convertirlo en lingotes que cimenten nuestra economía.

El desafío de transformar el conocimiento en crecimiento

La desconexión entre el sólido rendimiento científico y el débil impacto industrial es el núcleo del problema planteado por Óscar Sala. Este "valle de la muerte" de la innovación, como se le conoce en la jerga, se refiere al espacio entre el descubrimiento científico y su aplicación comercial. Superarlo requiere una serie de cambios estructurales y culturales.

Barreras estructurales y culturales

Una de las principales barreras es la crónica falta de inversión en I+D+i, especialmente por parte del sector privado. Si bien la inversión pública es vital, la inversión empresarial es el verdadero motor que traduce la ciencia en industria. En España, los porcentajes de PIB dedicados a I+D+i están por debajo de la media europea, y la proporción de inversión privada es aún menor. Esto se debe, en parte, a un tejido empresarial dominado por pymes que a menudo carecen de los recursos, el conocimiento o la visión a largo plazo para invertir en innovación de base científica.

Otra barrera significativa es la burocracia y los marcos regulatorios. Los procesos para la creación de spin-offs universitarias, la transferencia de tecnología o la obtención de financiación pueden ser excesivamente complejos y lentos, desincentivando tanto a investigadores como a emprendedores. La cultura del riesgo también juega un papel. En comparación con otras economías innovadoras, en España el fracaso empresarial a menudo se estigmatiza, lo que frena la iniciativa emprendedora, especialmente en sectores de alta tecnología donde el riesgo es inherente. Considero que una mayor flexibilidad y una menor penalización del fracaso, entendiéndolo como parte del proceso de aprendizaje, serían muy beneficiosas.

La fuga de cerebros, aunque con altibajos, sigue siendo una realidad dolorosa. Jóvenes talentos, formados con gran esfuerzo y coste en España, emigran en busca de mejores condiciones laborales, mayor estabilidad o ecosistemas de innovación más dinámicos. Esto no solo supone una pérdida de capital humano, sino también de oportunidades para el desarrollo de la industria local.

El ecosistema de innovación: ¿qué falta?

Un ecosistema de innovación vibrante requiere no solo excelentes investigadores, sino también una red sólida de instituciones que faciliten la conexión entre la ciencia y la empresa. Esto incluye incubadoras y aceleradoras bien financiadas y especializadas, fondos de capital riesgo y venture capital con apetito por la tecnología profunda ("deep tech"), y sobre todo, una cultura de colaboración.

A menudo, la relación entre universidad y empresa ha sido, y en muchos casos sigue siendo, distante. Los incentivos académicos se centran en la publicación y la investigación básica, mientras que los industriales buscan la aplicación y el retorno rápido. Tender puentes efectivos entre ambos mundos es crucial. Las oficinas de transferencia de tecnología (OTRI) existen, pero su eficacia varía y a menudo están infrautilizadas o carecen de los recursos humanos y económicos adecuados para una gestión proactiva de la propiedad intelectual y la valorización del conocimiento.

En mi opinión, es fundamental que el valor de la investigación no solo se mida por el número de publicaciones o citas, sino también por su impacto social y económico. Esto requeriría un cambio en los sistemas de evaluación de los investigadores y de los centros, fomentando activamente la transferencia de conocimiento.

Modelos de éxito y lecciones aprendidas

Para abordar esta brecha, podemos mirar a países que han logrado transformar su ciencia en un motor industrial robusto. Israel, por ejemplo, con una inversión masiva en I+D, una cultura emprendedora muy arraigada y fuertes lazos con el capital riesgo, ha construido un ecosistema de innovación tecnológica envidiable. Alemania, con su modelo de institutos Fraunhofer, demuestra cómo la investigación aplicada puede ser un puente directo hacia la industria, con una financiación conjunta público-privada que garantiza la relevancia industrial de los proyectos.

Incluso en España, existen ejemplos, aunque a menudo fragmentados, de éxito. Centros tecnológicos como el Eurecat en Cataluña o el Tecnalia en el País Vasco, operan bajo un modelo de colaboración estrecha con empresas, desarrollando soluciones innovadoras para sectores específicos. Start-ups como Sateliot, que desarrolla constelaciones de satélites para el IoT, o Grifols en el ámbito biotecnológico, demuestran que el talento español puede crear empresas de base tecnológica con proyección global. Estos casos, sin embargo, necesitan ser la norma, no la excepción.

La clave reside en replicar y escalar estos modelos, aprendiendo de sus aciertos y adaptándolos a la realidad española. Esto implica no solo copiar estructuras, sino también fomentar un cambio de mentalidad en todos los actores del ecosistema.

Propuestas y estrategias para el futuro

Para que España capitalice plenamente su potencial científico, es necesario implementar una estrategia multifacética y a largo plazo.

Fortalecer la inversión en I+D+i

Es imprescindible aumentar de forma sostenida la inversión en I+D+i, tanto pública como privada, hasta alcanzar y superar la media europea. Esto requiere políticas fiscales que incentiven la inversión empresarial en investigación y desarrollo, así como un aumento de la financiación pública con criterios claros de excelencia y retorno social y económico. Los programas de financiación deben ser estables y predecibles, evitando los vaivenes que a menudo desincentivan la planificación a largo plazo.

Mejorar la conexión universidad-empresa

Las Oficinas de Transferencia de Tecnología (OTRI) deben ser reforzadas con personal cualificado en gestión empresarial, patentes y negociación, y con presupuestos adecuados para la valorización de la propiedad intelectual. Se deben promover programas de doctorado industrial, donde los estudiantes realicen su tesis en colaboración con empresas, o cátedras de empresa que fomenten la investigación aplicada directamente relevante para el sector productivo. Programas de estancias de investigadores en empresas y de profesionales de la industria en centros de investigación pueden ser muy efectivos.

Fomentar el emprendimiento científico-tecnológico

Es crucial apoyar la creación de spin-offs y start-ups de base científica. Esto implica facilitar el acceso a financiación en etapas tempranas (semilla, capital riesgo), ofrecer mentoría y formación en gestión empresarial a los investigadores, y crear entornos favorables para la incubación y aceleración de proyectos. También es vital desburocratizar los procesos de creación de empresas y de acceso a ayudas, simplificando la vida a los emprendedores.

Atraer y retener talento

Una carrera científica estable, predecible y atractiva es fundamental para retener el talento. Esto incluye mejoras en las condiciones laborales, salarios competitivos, estabilidad en la financiación de proyectos y oportunidades de desarrollo profesional. Además, la creación de ecosistemas industriales vibrantes, donde los científicos vean oportunidades reales para aplicar su conocimiento en el sector productivo, será un factor clave para el retorno y la permanencia del talento.

El papel de la sociedad y la cultura

Finalmente, no podemos obviar el papel de la sociedad y la cultura. Es necesario que la ciencia y la innovación sean percibidas como pilares fundamentales del progreso y el bienestar, no solo como una élite académica. Una mayor alfabetización científica desde la educación básica, la promoción de vocaciones STEM y una mayor visibilidad de los logros científicos y de sus aplicaciones prácticas, contribuirán a generar una cultura más favorable a la innovación.

Los medios de comunicación tienen un papel crucial en comunicar la importancia de la ciencia y su impacto en la vida diaria, desmitificando su imagen y acercándola al ciudadano de a pie. Cuando la sociedad valora la ciencia, es más probable que exija a sus gobiernos y empresas una mayor inversión y una apuesta decidida por la innovación. Es una inversión cultural que, a la larga, tendrá un impacto económico innegable.

Conclusiones

La declaración de Óscar Sala no es una crítica destructiva, sino una invitación constructiva a la acción. España posee un capital científico formidable, una cantera de talento que es la envidia de muchas naciones. Sin embargo, este tesoro intelectual está subutilizado en términos de su traducción a un tejido industrial innovador y competitivo. Superar este desafío requiere una visión de Estado, un pacto por la ciencia y la innovación que trascienda ciclos políticos y que involucre a todos los actores: gobierno, universidades, centros de investigación, empresas y sociedad civil.

La hoja de ruta está clara: más inversión, una conexión más fluida entre academia y empresa, un ecosistema más robusto para el emprendimiento tecnológico, y una cultura que valore y promueva la innovación. Solo así podremos transformar esa posición de "top 10 mundial en ciencia" en un "top 10 mundial en industria de alto valor añadido", garantizando un futuro más próspero y resiliente para España. Es un camino arduo, pero el potencial es inmenso y la recompensa, una economía más fuerte y una sociedad más avanzada, bien lo vale.

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