El neoliberalismo ha terminado; estamos en la era del capitalismo de Estado, según Yves Bonzon

En un mundo cada vez más volátil y complejo, las voces que diagnostican cambios estructurales profundos en el sistema económico global merecen una atención especial. Yves Bonzon, director de inversiones de Julius Baer, es una de esas voces influyentes que no teme desafiar las narrativas establecidas. Su reciente afirmación, rotunda y provocadora, postula que el neoliberalismo ha llegado a su fin y que estamos inmersos, de lleno, en una era de capitalismo de Estado. Esta declaración no es meramente una observación casual; es un pronóstico con implicaciones sísmicas para la economía mundial, la política, la inversión y la vida de millones de personas. Si Bonzon tiene razón, nos encontramos en la cúspide de una reconfiguración fundamental de las fuerzas que impulsan el desarrollo global, un cambio que va mucho más allá de las fluctuaciones cíclicas habituales.

¿Qué significa realmente el fin del neoliberalismo? ¿Y qué implica esta transición hacia un capitalismo de Estado? Es imperativo desentrañar la lógica detrás de esta tesis, explorar los fundamentos que la sustentan y analizar las consecuencias potenciales de tal metamorfosis. Desde la crisis financiera de 2008 hasta la pandemia de COVID-19, pasando por las crecientes tensiones geopolíticas y la urgencia de la crisis climática, los cimientos del orden económico liberal que dominó las últimas décadas han mostrado grietas cada vez más profundas. El análisis de Bonzon ofrece una lente a través de la cual podemos intentar comprender la naturaleza de estas fracturas y vislumbrar la arquitectura del sistema que podría estar emergiendo. Este artículo se propone explorar en profundidad esta audaz afirmación, examinando sus raíces, sus manifestaciones y sus ramificaciones para el futuro.

La tesis de Bonzon: Un cambio de paradigma

El neoliberalismo ha terminado; estamos en la era del capitalismo de Estado, según Yves Bonzon

Yves Bonzon, como director de inversiones de una de las gestoras de patrimonio más importantes del mundo, tiene una perspectiva privilegiada sobre los flujos de capital y las tendencias macroeconómicas que configuran el panorama global. Su análisis no surge de una mera especulación académica, sino de la observación atenta de cómo los gobiernos y las grandes corporaciones están interactuando en la actualidad. Cuando Bonzon afirma que el neoliberalismo ha terminado, está declarando el fin de un modelo económico que priorizaba la desregulación, la privatización, la apertura de mercados y la reducción del gasto público como motores fundamentales del crecimiento y la prosperidad.

Este modelo, a menudo asociado con el "Consenso de Washington", gozó de una hegemonía ideológica y práctica desde la década de 1980 hasta principios del siglo XXI. Se basaba en la premisa de que los mercados, por sí solos, son los asignadores más eficientes de recursos y que la intervención estatal debe ser mínima. La globalización, la financiarización y la proliferación de acuerdos comerciales internacionales fueron manifestaciones clave de este paradigma. Sin embargo, las sucesivas crisis económicas, la creciente desigualdad de ingresos y riqueza, y la incapacidad de los mercados para abordar desafíos colectivos como el cambio climático o las pandemias, han erosionado gradualmente su legitimidad y su eficacia percibida.

El declive del consenso de Washington y sus fallas evidentes

El punto de inflexión para muchos fue la crisis financiera global de 2008. Ante el colapso inminente del sistema bancario, los gobiernos, de forma paradójica para la ideología neoliberal, intervinieron masivamente a través de rescates bancarios, nacionalizaciones temporales y políticas monetarias expansivas sin precedentes. Esta intervención estatal a gran escala, destinada a salvar un sistema que supuestamente se autorregulaba, expuso una contradicción fundamental en el corazón del neoliberalismo. Demostró que, en momentos de crisis existencial, el Estado no solo era relevante, sino indispensable.

Posteriormente, la pandemia de COVID-19 aceleró esta tendencia. Los gobiernos de todo el mundo se vieron obligados a implementar cierres masivos, invertir miles de millones en sistemas de salud, desarrollar vacunas a una velocidad récord y proporcionar paquetes de estímulo fiscal y monetario a una escala inimaginable para evitar un colapso económico total. La idea de que el mercado resolvería estas crisis por sí solo se desvaneció rápidamente. La necesidad de coordinación centralizada, de inversión pública en ciencia y tecnología, y de redes de seguridad social robustas se hizo patente. En mi opinión, estas dos megacrisis no solo marcaron el fin de una era, sino que también revelaron una incapacidad estructural del modelo neoliberal para hacer frente a "shocks" sistémicos de gran magnitud, lo que lo hizo insostenible a largo plazo.

El ascenso del capitalismo de Estado: Una nueva realidad económica

Si el neoliberalismo está en retirada, ¿qué lo reemplaza? La respuesta, según Bonzon y muchos otros observadores, es una forma de capitalismo de Estado. Pero, ¿qué implica exactamente esta etiqueta? En esencia, el capitalismo de Estado se refiere a un sistema económico donde el gobierno juega un papel predominante en la dirección y el desarrollo de la economía, no solo como regulador, sino como inversor, propietario de empresas, planificador estratégico y, a menudo, como principal cliente. Esto va más allá de la simple intervención para corregir fallos de mercado; implica una participación activa y deliberada en la configuración del tejido económico nacional e incluso global.

No es un retorno al socialismo centralizado, sino más bien a una forma de capitalismo donde el Estado utiliza las herramientas del mercado para lograr objetivos estratégicos. China es el ejemplo más prominente de este modelo, con sus empresas estatales gigantescas, su planificación centralizada a largo plazo y su control estratégico sobre sectores clave. Sin embargo, la observación crucial de Bonzon es que este fenómeno ya no es exclusivo de economías emergentes o autoritarias; está echando raíces en las democracias liberales de Occidente.

Manifestaciones del capitalismo de Estado en el Occidente moderno

Las señales de este cambio son variadas y cada vez más evidentes.

  1. Políticas industriales y subvenciones estratégicas: Gobiernos como el de Estados Unidos y la Unión Europea están implementando agresivas políticas industriales para revitalizar sectores manufactureros clave, asegurar cadenas de suministro críticas (especialmente en semiconductores y energía renovable) y competir con rivales geopolíticos. La Ley de Reducción de la Inflación (IRA) en EE. UU. o las iniciativas europeas para la fabricación de chips son ejemplos claros de cómo los estados están interviniendo para dirigir la inversión privada hacia sectores específicos a través de subvenciones masivas, créditos fiscales y otras formas de apoyo.
  2. Inversión en infraestructura y energía: La necesidad de modernizar infraestructuras envejecidas, descarbonizar la economía y asegurar el suministro energético está impulsando vastos programas de inversión pública. Los estados están liderando la carga en proyectos de energía eólica, solar, redes eléctricas inteligentes y transporte público, a menudo a través de asociaciones público-privadas, pero con una dirección y financiación estatal decisiva.
  3. Seguridad nacional y resiliencia de la cadena de suministro: Las tensiones geopolíticas (la guerra en Ucrania, la rivalidad entre EE. UU. y China) han puesto de manifiesto la vulnerabilidad de las cadenas de suministro globales. Los gobiernos están presionando a las empresas para que "reshoring" o "friendshoring" la producción de bienes estratégicos, incluso si esto implica mayores costes o menor eficiencia. La seguridad nacional se ha convertido en una justificación primordial para la intervención económica.
  4. Bancos centrales y política monetaria no convencional: Los bancos centrales, que se suponía debían ser instituciones independientes y apolíticas, se han convertido en actores económicos cruciales. La flexibilización cuantitativa, las tasas de interés cero o negativas y la compra masiva de activos han desdibujado las líneas entre la política monetaria y la fiscal, colocando a los bancos centrales en una posición de influencia sin precedentes sobre la asignación de capital. Este activismo monetario sostenido es una forma sutil, pero potente, de dirección estatal.
  5. Regulación y control de plataformas digitales: El creciente poder de las grandes tecnológicas ha llevado a los gobiernos a aumentar la regulación en áreas como la privacidad de datos, la competencia y la moderación de contenido. Aunque no es directamente propiedad estatal, esta forma de supervisión intensa representa una mayor intrusión del Estado en sectores que antes operaban con una mínima supervisión.

Factores que impulsan esta transición

El cambio hacia el capitalismo de Estado no es el resultado de una única causa, sino de una confluencia de fuerzas potentes que han convergido en las últimas dos décadas.

Crisis financieras y pandemias: La intervención como norma

Como se mencionó anteriormente, la crisis financiera de 2008 y la pandemia de COVID-19 actuaron como catalizadores clave. Ambas mostraron la fragilidad del sistema de libre mercado ante "shocks" sistémicos y la necesidad ineludible de una intervención estatal robusta para evitar el colapso. Una vez que se establece el precedente de que el Estado puede y debe intervenir a una escala masiva, es difícil revertir esa expectativa. El público ahora espera que los gobiernos asuman un papel activo en la estabilización económica y la provisión de bienes públicos esenciales.

Geopolítica y fragmentación global: La seguridad primero

La era de la hiperglobalización, caracterizada por la optimización de la eficiencia a través de cadenas de suministro globales y la especialización internacional, parece estar llegando a su fin. La rivalidad entre grandes potencias, la guerra comercial entre EE. UU. y China, y el conflicto en Ucrania han puesto de relieve la precariedad de la interdependencia económica. Los países están priorizando la seguridad nacional, la autosuficiencia en bienes estratégicos y la construcción de alianzas geopolíticas sobre los principios de eficiencia económica pura. Esto fomenta el proteccionismo, las políticas industriales localizadas y un mayor control estatal sobre sectores estratégicos.

Aquí es donde mi opinión personal converge con la observación de Bonzon: la geopolítica ha pasado de ser un factor secundario a un motor principal de la política económica. No es una cuestión de "si" el Estado intervendrá, sino de "cómo" y "cuánto" lo hará para asegurar su posición en un orden mundial cada vez más fragmentado.

Desigualdad y malestar social: La demanda de equidad

Las últimas décadas de globalización neoliberal, si bien generaron riqueza agregada, también contribuyeron a un aumento significativo de la desigualdad en muchos países. Esto ha alimentado el populismo, la polarización política y el malestar social. La presión de la ciudadanía para que los gobiernos aborden estas disparidades, a través de políticas sociales más fuertes, salarios mínimos, acceso a servicios públicos y redistribución de la riqueza, obliga a una mayor intervención estatal en la economía y en el mercado laboral. Los gobiernos, bajo presión democrática, ya no pueden permitirse el lujo de la inacción ante las crecientes brechas sociales.

Retos climáticos y tecnológicos: La escala de la inversión necesaria

La transición energética y la lucha contra el cambio climático requieren inversiones masivas en infraestructuras verdes, nuevas tecnologías y cambios fundamentales en los patrones de producción y consumo. Ningún actor privado individual, ni siquiera un conjunto de ellos, puede movilizar el capital y la coordinación necesarios para esta transformación a la escala y velocidad requeridas. Solo los estados tienen la capacidad fiscal y la autoridad para coordinar una inversión de tal magnitud y dirigirla hacia objetivos a largo plazo que pueden no ser inmediatamente rentables para el sector privado. Lo mismo ocurre con el desarrollo de tecnologías de vanguardia como la inteligencia artificial, la biotecnología o la computación cuántica, donde la financiación y el apoyo estatal son a menudo cruciales en las etapas iniciales de investigación y desarrollo.

Implicaciones económicas y financieras

El auge del capitalismo de Estado tiene profundas implicaciones para la inversión, los mercados financieros y la economía en general.

Redireccionamiento de la inversión

Los flujos de capital ya no se guiarán únicamente por la maximización de beneficios a corto plazo o la eficiencia de costes. Las consideraciones estratégicas estatales (seguridad nacional, resiliencia, objetivos climáticos) jugarán un papel cada vez mayor en la dirección de la inversión. Esto significa que ciertos sectores, como la energía renovable, los semiconductores, la infraestructura digital y la defensa, podrían recibir un apoyo estatal preferencial, mientras que otros, considerados no estratégicos o incluso perjudiciales, podrían enfrentar desincentivos o regulaciones más estrictas. Para los inversores, esto implica que el análisis de las políticas gubernamentales y las estrategias industriales será tan crucial como el análisis fundamental tradicional.

El papel de la deuda pública y la inflación

La mayor intervención estatal, especialmente a través de subvenciones y programas de inversión, probablemente implicará un aumento persistente de la deuda pública. Si bien los bancos centrales pueden intentar acomodar esto, la sostenibilidad a largo plazo de estos niveles de deuda será una preocupación constante. Además, la tendencia a la deslocalización de la producción, la búsqueda de seguridad sobre la eficiencia y el gasto público expansivo podrían generar presiones inflacionarias más persistentes que en la era neoliberal, donde la globalización y la austeridad fiscal tendían a deprimirlas. Este es un punto de gran preocupación para muchos economistas y, en mi opinión, uno de los mayores desafíos del modelo de capitalismo de Estado: cómo financiar estas ambiciones sin crear inestabilidad macroeconómica.

Riesgos y oportunidades

El capitalismo de Estado presenta un conjunto único de riesgos y oportunidades.

Oportunidades:

  • Capacidad de abordar grandes retos: Solo el Estado puede movilizar los recursos necesarios para la descarbonización, la reconstrucción de infraestructuras o la respuesta a futuras pandemias.
  • Estabilidad y resiliencia: Priorizar la resiliencia sobre la eficiencia puede hacer las economías menos vulnerables a "shocks" externos.
  • Inversión a largo plazo: El Estado puede invertir en proyectos con horizontes a largo plazo que el sector privado podría dudar en asumir.
  • Reducción de la desigualdad: Una mayor intervención estatal en el bienestar social y la distribución de la riqueza podría mitigar las disparidades.

Riesgos:

  • Ineficiencia y corrupción: La intervención estatal a gran escala puede llevar a la ineficiencia, la mala asignación de recursos y un mayor riesgo de corrupción.
  • Distorsión de mercados: La dirección estatal de la inversión puede distorsionar los mecanismos de precios y la competencia, favoreciendo a "campeones nacionales" a expensas de otros actores.
  • Autoritarismo: En su forma más extrema, el capitalismo de Estado puede erosionar las libertades individuales y la democracia si el poder económico se concentra excesivamente en manos del gobierno.
  • Menor innovación: Algunos argumentan que la excesiva dependencia del Estado puede sofocar la innovación y el espíritu emprendedor, aunque esto es debatible, dado el historial de inversión estatal en investigación básica.

Conclusión: ¿Un nuevo equilibrio o un péndulo en movimiento?

La declaración de Yves Bonzon resuena con una verdad que muchos ya intuían: el mundo ha cambiado, y las herramientas y filosofías económicas de ayer ya no son adecuadas para los desafíos de hoy. Estamos asistiendo a una reevaluación fundamental del papel del Estado en la economía, pasando de un actor pasivo a uno proactivo y estratégico.

No se trata necesariamente de un retorno a modelos económicos del pasado, sino de la emergencia de un híbrido, un capitalismo de Estado adaptado a las complejidades del siglo XXI, que busca un equilibrio entre la eficiencia del mercado y la dirección estratégica del Estado. La cuestión clave es si este nuevo modelo puede cosechar los beneficios de la intervención estatal sin caer en sus trampas inherentes, como la ineficiencia y la politización excesiva de las decisiones económicas.

El debate está lejos de terminar. Lo que sí parece claro es que la era del "laissez-faire" absoluto ha quedado atrás, y que los inversores, los empresarios y los ciudadanos deberán adaptarse a un entorno donde la mano visible del Estado juega un papel mucho más decisivo en la configuración de nuestro futuro económico. El reto será construir un sistema que combine la capacidad estatal para abordar grandes retos con la innovación y la eficiencia que solo pueden surgir de mercados libres y dinámicos. Es, sin duda, una época fascinante y, a la vez, llena de incertidumbre para la economía global. Perfil de Yves Bonzon en Julius Baer FMI: El neoliberalismo, ¿exagerado? Council on Foreign Relations: ¿Qué es el capitalismo de Estado? Brookings: La política industrial en Estados Unidos BCE: La respuesta de política monetaria a la pandemia

Diario Tecnología