En el siempre cambiante panorama de la eficiencia energética y el ahorro doméstico, circulan numerosas creencias populares que, aunque bien intencionadas, a menudo carecen de una base científica sólida. Una de las más extendidas, y que ha sido desmentida con rotundidad por expertos del calibre de Jorge Morales de Labra, ingeniero industrial, es la idea de que mantener la calefacción encendida todo el día a baja temperatura resulta más económico que encenderla y apagarla según las necesidades. Esta afirmación, tan arraigada en el imaginario colectivo, ha sido calificada por Morales de Labra como "falsa desde el punto de vista energético", una declaración que merece ser analizada en profundidad para comprender las verdaderas dinámicas del consumo de energía en nuestros hogares y arrojar luz sobre cómo podemos optimizar nuestro gasto en calefacción.
La creencia de que es más eficiente mantener una temperatura constante baja se basa, en gran medida, en una intuición errónea: se asume que 'arrancar' y 'parar' un sistema consume más energía que mantenerlo en un estado de funcionamiento continuo, aunque sea a un ritmo menor. Sin embargo, la física de la transferencia de calor y las características térmicas de los edificios dictan una realidad diferente. Entender esta dinámica es crucial no solo para nuestras carteras, sino también para el impacto ambiental de nuestras decisiones energéticas.
La física detrás de las pérdidas energéticas
Para desentrañar la verdad detrás de esta afirmación, es fundamental comprender cómo nuestros hogares pierden calor. La transferencia de calor se produce de un cuerpo más caliente a uno más frío, y en el caso de una vivienda, el calor tiende a escapar hacia el exterior, donde la temperatura es generalmente más baja en invierno. La velocidad a la que se pierde este calor es directamente proporcional a la diferencia de temperatura entre el interior y el exterior. Dicho de otra manera: cuanto mayor sea la brecha térmica entre el confort deseado en el interior y el frío exterior, mayores serán las pérdidas energéticas.
Cuando mantenemos la calefacción encendida a baja temperatura durante todo el día, lo que estamos haciendo es mantener una diferencia de temperatura constante (aunque menor) con el exterior, lo que se traduce en una pérdida continua de calor a través de paredes, techos, suelos y ventanas. Aunque la temperatura interna sea de 18 °C en lugar de 21 °C, el edificio sigue 'sangrando' calor de forma ininterrumpida. El sistema de calefacción tiene que trabajar constantemente, aunque sea a menor potencia, para reponer este calor que se fuga.
Por el contrario, si optamos por apagar la calefacción cuando no estamos en casa o durante las horas de sueño, la temperatura interior descenderá, disminuyendo la diferencia térmica con el exterior y, por ende, reduciendo drásticamente las pérdidas de calor. Cuando regresamos o nos levantamos, el sistema debe elevar la temperatura, lo que implica un pico de consumo. No obstante, este pico suele ser de una duración limitada y compensa con creces el ahorro derivado de las horas en las que no hubo pérdidas constantes.
Jorge Morales de Labra lo explica con claridad: "El punto clave está en las pérdidas energéticas. Mientras haya una diferencia de temperatura entre el interior y el exterior, habrá pérdidas de calor. Si mantienes el sistema encendido todo el día, estás manteniendo esas pérdidas de calor durante todo el día. Cuando el sistema está apagado, las pérdidas se reducen a cero (o casi a cero, pues la temperatura interior baja y la diferencia con el exterior se minimiza)."
Inercia térmica y el papel del aislamiento
La inercia térmica de un edificio juega un papel crucial en esta ecuación. Los materiales de construcción tienen la capacidad de almacenar calor y liberarlo gradualmente. Una casa bien aislada y con una alta inercia térmica tardará más en enfriarse una vez que la calefacción se apaga y, del mismo modo, requerirá más energía inicial para calentarse. Sin embargo, esta misma inercia significa que el calor "acumulado" puede ser aprovechado, y las oscilaciones de temperatura se suavizan.
En edificios con un aislamiento deficiente, la inercia térmica es baja y las pérdidas son muy elevadas. En estos casos, mantener la calefacción encendida continuamente a baja temperatura es especialmente ineficiente, ya que el calor simplemente se escapa sin apenas acumularse en la estructura. Es como intentar llenar un cubo con agujeros constantemente: por mucho que echemos agua, nunca estará lleno y siempre tendremos que seguir echando.
Aquí es donde mi opinión como observador se alinea con la del experto: invertir en un buen aislamiento es, sin duda, la medida más efectiva y rentable a largo plazo para reducir el consumo energético en calefacción. Podemos optimizar el uso de nuestro sistema, pero si la envolvente del edificio es un colador energético, el esfuerzo será limitado. Para aquellos interesados en cómo mejorar la eficiencia de sus viviendas, el Instituto para la Diversificación y Ahorro de la Energía (IDAE) ofrece guías muy útiles al respecto.
Sistemas de calefacción: ¿todos iguales?
Aunque el principio fundamental de las pérdidas de calor es universal, el tipo de sistema de calefacción también influye en la estrategia óptima.
Radiadores de agua caliente
Son los más comunes y funcionan calentando el agua que circula por un circuito cerrado. Tienen una cierta inercia térmica; tardan un tiempo en calentar la estancia y, una vez apagados, siguen emitiendo calor durante un rato. Para estos sistemas, la programación horaria es fundamental. Encenderlos un tiempo antes de llegar a casa o de levantarse y apagarlos cuando no sean necesarios suele ser la opción más eficiente.
Suelo radiante
Este sistema tiene una inercia térmica muy alta, lo que significa que tarda mucho en calentarse y en enfriarse. Por esta razón, su gestión es más delicada. Sin embargo, incluso con suelo radiante, mantenerlo encendido 24/7 a una temperatura baja puede no ser lo más eficiente si la vivienda no tiene un aislamiento excepcional. La clave es una programación muy ajustada a los patrones de uso y una optimización de la temperatura de consigna, que suele ser más baja que con radiadores debido a la distribución uniforme del calor. Para saber más sobre los beneficios y la gestión de estos sistemas, se puede consultar información detallada sobre diferentes sistemas de calefacción.
Calefacción eléctrica directa (convectores, radiadores de aceite)
Estos sistemas suelen tener una inercia muy baja, calientan rápidamente y se enfrían con la misma celeridad. En este caso, la estrategia de encender y apagar es aún más clara. Mantenerlos encendidos a baja temperatura es casi siempre una fuente de derroche, ya que el calor generado se disipa rápidamente si no hay una necesidad activa de mantener la temperatura.
Bombas de calor
Extremadamente eficientes, extraen calor del exterior para introducirlo en el interior (o viceversa en verano). Su eficiencia (COP) disminuye a medida que la diferencia de temperatura entre interior y exterior aumenta. Una gestión inteligente de estos sistemas, programándolos para que funcionen cuando se necesita calor y evitando mantenerlos activos cuando no, maximiza su ventaja. Un ejemplo de tecnologías innovadoras en este campo puede verse en los productos de fabricantes líderes en bombas de calor.
La importancia de la programación y los termostatos inteligentes
La clave para aplicar la estrategia correcta radica en la programación inteligente y el uso de termostatos adecuados. Un termostato programable o, mejor aún, un termostato inteligente, nos permite establecer diferentes temperaturas para distintas franjas horarias y días de la semana, adaptándose a nuestro ritmo de vida.
Por ejemplo, podemos programar que la calefacción se encienda una hora antes de que nos levantemos, se apague cuando salimos de casa, se encienda de nuevo un tiempo antes de que regresemos y se apague durante las horas de sueño. Esta es la forma más efectiva de evitar el sobrecalentamiento de espacios desocupados y minimizar las pérdidas de calor.
Los termostatos inteligentes van un paso más allá, permitiendo el control remoto a través del móvil, la geolocalización (detectan si estamos cerca de casa para encenderse) y el aprendizaje de nuestros patrones de uso. Algunos incluso tienen en cuenta la previsión meteorológica para optimizar el funcionamiento. Invertir en un buen termostato es una de esas decisiones que amortizamos rápidamente. Ecodes, por ejemplo, ofrece interesantes análisis sobre cómo estos dispositivos contribuyen al ahorro.
Otras consideraciones para el ahorro energético
Además de la estrategia de encendido/apagado, existen otras medidas que complementan una gestión eficiente de la calefacción:
- Temperatura de confort: No es necesario tener el hogar a 24 °C. La temperatura ideal de confort se sitúa entre los 19 °C y 21 °C. Cada grado adicional puede suponer un aumento del 7% en el consumo de energía.
- Ventilación: Ventilar la casa es importante para renovar el aire y evitar la acumulación de humedad, pero debe hacerse de forma rápida y eficiente (5-10 minutos con las ventanas abiertas de par en par) para evitar enfriar en exceso la estructura del edificio.
- Mantenimiento: Un sistema de calefacción bien mantenido (calderas revisadas, radiadores purgados) funciona de manera más eficiente y segura.
- Cortinas y persianas: Utilizarlas estratégicamente ayuda a retener el calor. Abrir las cortinas durante el día en ventanas orientadas al sur para aprovechar el sol y cerrarlas al anochecer para crear una barrera adicional contra el frío.
- Eliminar corrientes de aire: Sellar rendijas en ventanas y puertas puede evitar pérdidas significativas de calor.
Conclusión: la ciencia como aliada del ahorro
La afirmación de Jorge Morales de Labra, que desmiente la creencia popular sobre la calefacción constante a baja temperatura, es un recordatorio contundente de que la eficiencia energética no se basa en intuiciones, sino en principios físicos claros. Mantener el sistema de calefacción encendido todo el día a baja temperatura es, en la gran mayoría de los casos, un método ineficiente que genera un consumo energético continuo para compensar las pérdidas constantes de calor.
La estrategia más eficiente, desde el punto de vista energético y económico, es calentar solo cuando es necesario, aprovechando la programación horaria y los termostatos inteligentes para adaptar el funcionamiento del sistema a nuestros patrones de vida. Esto, combinado con un buen aislamiento del edificio y una temperatura de confort adecuada, no solo nos permitirá reducir significativamente nuestra factura energética, sino que también contribuirá a la sostenibilidad ambiental al disminuir nuestra huella de carbono.
En definitiva, escuchar a los expertos y entender la física de nuestros hogares es el primer paso para convertir nuestras viviendas en espacios más eficientes y sostenibles. Dejemos atrás los mitos y abracemos las prácticas basadas en la ciencia para un verdadero ahorro. Para profundizar en el ahorro energético general, un buen recurso es la sección de consejos de ahorro energético de la OCU.
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