De Sora a TikTok: los expertos creen que la generación Z está entregando sus datos sin control, y no son conscientes de los riesgos reales

En un mundo cada vez más interconectado, donde la línea entre lo digital y lo real se difumina, la privacidad se ha convertido en una moneda de cambio invisible. Cada "me gusta", cada desplazamiento por una interfaz, cada búsqueda, e incluso cada interacción con una inteligencia artificial, contribuye a la construcción de un perfil digital que, en ocasiones, escapa a nuestra propia comprensión. La generación Z, los nativos digitales por excelencia, ha crecido inmersa en esta realidad, y son, paradójicamente, los que se encuentran en el ojo del huracán cuando se habla de la entrega descontrolada de datos personales. Expertos en ciberseguridad y protección de datos advierten que, desde plataformas de contenido viral como TikTok hasta innovaciones disruptivas en inteligencia artificial como Sora, esta generación está compartiendo su información con una despreocupación alarmante, sin una plena conciencia de los riesgos inherentes que esto conlleva. La aparente inocencia de un filtro divertido o la fascinación por un vídeo generado por IA esconde una compleja red de recolección y análisis de datos que merece una reflexión profunda.

Este post busca desentrañar el entramado de la privacidad digital en la era de la generación Z, explorando cómo la interacción con herramientas y plataformas populares puede estar comprometiendo su futuro digital, su seguridad y, en última instancia, su autonomía en un mundo donde la información es poder. Intentaremos arrojar luz sobre los peligros latentes y, más importante aún, sobre las posibles vías para cultivar una conciencia más crítica y una actitud más proactiva frente a la protección de nuestros datos más valiosos.

La era digital y la paradoja de la privacidad

De Sora a TikTok: los expertos creen que la generación Z está entregando sus datos sin control, y no son conscientes de los riesgos reales

La generación Z, nacida entre mediados de los años 90 y principios de los 2010, ha vivido toda su vida en un entorno digital omnipresente. Para ellos, internet no es una herramienta, sino una extensión de su realidad. Han crecido con smartphones en sus manos, redes sociales como su principal medio de comunicación y entretenimiento, y el acceso instantáneo a información como un derecho inherente. Esta inmersión total ha moldeado su percepción de la privacidad de una manera muy particular. Lo que para generaciones anteriores podía ser considerado información personal y privada, para muchos jóvenes de la generación Z es simplemente contenido a compartir, una forma de expresar su identidad y conectar con otros.

Sin embargo, esta facilidad para compartir se choca de bruces con una realidad más cruda: las empresas tecnológicas, desde gigantes consolidados hasta startups emergentes, están construyendo modelos de negocio basados en la monetización de esos datos. Cada interacción que tenemos en línea genera una huella digital que es recogida, analizada y utilizada para todo tipo de fines, desde la personalización de anuncios hasta la predicción de comportamientos. La paradoja reside en que, mientras disfrutamos de la comodidad y el entretenimiento que ofrecen estas plataformas, estamos, a menudo sin saberlo, cediendo parcelas significativas de nuestra privacidad.

Es fundamental entender qué tipo de "datos" estamos entregando. No se trata solo de nuestro nombre o correo electrónico. Hablamos de nuestros hábitos de navegación, la ubicación geográfica de nuestro dispositivo, los contactos de nuestra agenda, los detalles biométricos (como el reconocimiento facial o de voz), nuestras preferencias políticas y religiosas inferidas, nuestros patrones de sueño y ejercicio, y hasta la tonalidad de nuestra voz al hablar. Toda esta información, cuando se compila y se analiza a gran escala, permite a las empresas crear perfiles increíblemente detallados de cada individuo, perfiles que a menudo son más completos de lo que nosotros mismos podríamos elaborar. Y aquí es donde, en mi opinión, radica uno de los mayores desafíos: la asimetría de información entre el usuario y las empresas. Como usuarios, apenas vislumbramos la punta del iceberg de lo que se recopila y, sobre todo, de cómo se utiliza.

TikTok: el epicentro de la preocupación

No hay plataforma que capture mejor la esencia de la generación Z que TikTok. Con su formato de vídeos cortos y su algoritmo increíblemente adictivo, se ha convertido en un fenómeno cultural global. Sin embargo, su meteórico ascenso también ha estado acompañado de un intenso escrutinio sobre sus prácticas de recolección de datos y su relación con su empresa matriz china, ByteDance.

TikTok y la recolección de datos

Las políticas de privacidad de TikTok, como las de muchas otras aplicaciones, son documentos extensos y complejos que pocas personas leen con detenimiento. Sin embargo, un análisis más profundo revela la magnitud de la información que la aplicación recopila. Va mucho más allá de lo evidente. TikTok recoge datos sobre cada interacción: qué vídeos ves, cuánto tiempo los ves, qué vídeos te saltas, qué comentarios haces, qué tendencias sigues. También accede a información de tu dispositivo: tu dirección IP, identificadores de dispositivo, sistema operativo, tipo de red, e incluso, en algunos casos, patrones de pulsaciones de teclas y datos biométricos si das el permiso. Además, si lo permites, accede a tu ubicación, tus contactos, tu calendario y tu galería de fotos y vídeos.

El algoritmo de TikTok, famoso por su capacidad para mantener a los usuarios enganchados, se alimenta directamente de esta vasta cantidad de datos. Es un sistema de retroalimentación constante: cuanto más interactúas, más datos generas; cuanto más datos generas, más preciso se vuelve el algoritmo para mostrarte contenido que te gusta, creando un ciclo de consumo casi imparable. Esta personalización extrema, si bien es una fuente de entretenimiento, también es un mecanismo de extracción de datos extremadamente eficiente.

La preocupación no se limita solo a la cantidad de datos, sino también a su destino. Al ser una empresa con sede en China, han surgido interrogantes persistentes sobre la posibilidad de que el gobierno chino pueda acceder a los datos de los usuarios. Aunque TikTok ha insistido en que los datos de los usuarios no chinos se almacenan fuera de China, la falta de transparencia total y las leyes chinas que pueden obligar a las empresas a compartir datos con el gobierno en ciertas circunstancias, mantienen la inquietud. Esta incertidumbre ha llevado a prohibiciones de la aplicación en dispositivos gubernamentales en varios países y a debates sobre su futuro en mercados clave como Estados Unidos.

El atractivo cultural y el costo oculto

El éxito de TikTok entre la generación Z es innegable. Ofrece una plataforma para la creatividad, la expresión personal, la conexión con comunidades de interés y la participación en tendencias virales. Es un espacio donde sentirse visto y comprendido, y donde la creación de contenido es accesible para todos. Este atractivo cultural es tan potente que las posibles preocupaciones sobre la privacidad a menudo quedan relegadas a un segundo plano. La gratificación instantánea de la interacción, los "me gusta" y los seguidores, pesa más que el abstracta preocupación por "mis datos".

La normalización del exceso de compartir también juega un papel crucial. Cuando todos tus amigos y referentes digitales están compartiendo sus vidas en tiempo real, la idea de mantener algo en privado puede parecer anticuada o incluso limitante. Se crea una cultura donde la privacidad es vista como un obstáculo para la autenticidad o la relevancia social. Aquí es donde, en mi opinión, la educación digital debe ser más enfática: la autenticidad y la conexión genuina no requieren la entrega total de nuestra privacidad; de hecho, una mayor conciencia puede fortalecer la autonomía individual en el espacio digital.

Sora y la nueva frontera de la inteligencia artificial

Si TikTok representa el presente de la extracción de datos basada en el comportamiento social, Sora, la herramienta de OpenAI para la generación de vídeo a partir de texto, nos asoma al futuro de la inteligencia artificial y sus implicaciones para la privacidad. Aunque Sora es una herramienta para crear contenido, el modelo que la impulsa se entrena con una cantidad masiva de datos, y las interacciones de los usuarios con ella también generan información valiosa.

Sora: generación de vídeo y sus implicaciones

Sora, y modelos similares, son ejemplos del asombroso progreso en la inteligencia artificial generativa. La capacidad de crear vídeos realistas y coherentes a partir de simples descripciones de texto abre un sinfín de posibilidades creativas. Sin embargo, detrás de esta maravilla tecnológica se esconde una gigantesca infraestructura de datos. Los modelos de IA como Sora se entrenan con enormes conjuntos de datos que incluyen imágenes, vídeos y texto obtenidos de diversas fuentes, a menudo sin un consentimiento explícito de los creadores originales o de las personas que aparecen en ese contenido.

Las implicaciones para la privacidad son multifacéticas. Primero, está la cuestión de los datos con los que se entrena el modelo: si estos incluyen imágenes o vídeos de personas reales, ¿cómo se garantiza su privacidad? Segundo, está la información que se genera cuando los usuarios interactúan con Sora. Cada prompt (instrucción de texto) que un usuario introduce, cada vídeo que genera, es un dato valioso que puede ser utilizado para refinar el modelo, comprender las intenciones del usuario o incluso perfilar sus intereses y preferencias de una manera completamente nueva.

Mirando hacia el futuro, las herramientas como Sora plantean preocupaciones significativas sobre la proliferación de deepfakes y la desinformación. Si es posible generar vídeos realistas de personas diciendo o haciendo cosas que nunca hicieron, la confianza en la veracidad de la información visual podría erosionarse por completo. Esto no solo tiene implicaciones para la privacidad individual (la reputación de una persona podría ser fácilmente destruida), sino también para la cohesión social y la política. Los datos personales, una vez entrenados en estos modelos, pueden ser manipulados de formas insospechadas. Considero que la velocidad a la que se desarrollan estas tecnologías supera con creces nuestra capacidad colectiva para comprender y mitigar sus riesgos, lo que requiere un esfuerzo coordinado entre tecnólogos, reguladores y la sociedad en general.

Los riesgos invisibles: más allá del marketing personalizado

Cuando se habla de la entrega de datos, la primera imagen que viene a la mente es, a menudo, la de publicidad personalizada. Sin embargo, los riesgos reales van mucho más allá de ver un anuncio de unas zapatillas que miraste una vez.

Perfilado invisible y manipulación

La recopilación masiva de datos permite a las empresas y, en algunos casos, a actores malintencionados, construir perfiles psicológicos increíblemente detallados de los individuos. Estos perfiles no solo registran lo que te gusta, sino que también pueden inferir tus vulnerabilidades, tus patrones de decisión, tus sesgos cognitivos y tus estados de ánimo. Con esta información, la capacidad de influir en el comportamiento de las personas se vuelve exponencialmente más potente.

Esto se manifiesta en campañas políticas altamente dirigidas, donde mensajes específicos se muestran a grupos demográficos con alta probabilidad de ser persuadidos. Se ve en la creación de "burbujas de filtro" que refuerzan nuestras propias creencias y nos exponen solo a información que las confirma, limitando nuestra visión del mundo. Y se observa en la implementación de "patrones oscuros" en interfaces de usuario que nos guían sutilmente hacia decisiones que benefician a la empresa, como aceptar cookies sin leer, suscribirnos a boletines o comprar productos adicionales. La manipulación, en este contexto, no es una coerción directa, sino una influencia sutil y constante que erosiona nuestra capacidad de tomar decisiones verdaderamente autónomas.

Seguridad y ciberacoso

La exposición de datos personales aumenta significativamente el riesgo de seguridad. La información que compartimos en línea (nuestro nombre completo, fecha de nacimiento, ubicación, relaciones personales, intereses) puede ser recopilada por ciberdelincuentes para ataques de phishing, robo de identidad, o incluso extorsión. Por ejemplo, la información sobre nuestra ubicación compartida en redes sociales puede ser utilizada para saber cuándo no estamos en casa, facilitando robos físicos.

El ciberacoso y el doxing (la difusión de información personal identificable con fines maliciosos) son también consecuencias directas de la sobreexposición. La línea entre lo que compartimos con nuestros amigos y lo que está disponible para el público en general es a menudo borrosa. Una publicación "privada" puede ser capturada y redistribuida, exponiendo a la víctima a humillación, amenazas o incluso peligro real. La permanencia de la información en internet significa que un error de juicio en la adolescencia puede tener repercusiones décadas después.

Impacto a largo plazo: empleabilidad y reputación digital

La huella digital de una persona es cada vez más un factor en decisiones cruciales de la vida, como la empleabilidad. Los reclutadores y gerentes de recursos humanos a menudo revisan las redes sociales de los candidatos antes de tomar una decisión. Publicaciones inapropiadas, comentarios polémicos o una imagen digital descuidada pueden costar oportunidades profesionales. Una vez en línea, la información es difícil de borrar por completo, y lo que parece un chiste inofensivo en la juventud puede ser interpretado de forma muy diferente en un contexto profesional.

Además, la reputación digital se extiende más allá del ámbito laboral. Afecta nuestras relaciones personales, nuestras interacciones sociales y cómo somos percibidos en la comunidad. La generación Z, en particular, debe ser consciente de que su identidad digital es una parte integral de su identidad general y que las acciones y datos que comparten hoy pueden moldear su futuro de maneras que aún no pueden prever. La vida digital no es un juego sin consecuencias; es una proyección de nuestra persona que puede tener un impacto muy real en nuestro día a día.

¿Qué podemos hacer? Conciencia y acción

Frente a este panorama, la resignación no es una opción. Es fundamental promover una cultura de la conciencia digital y equipar a la generación Z, y a todas las generaciones, con las herramientas necesarias para navegar el ciberespacio de forma segura y responsable.

Educación digital: la clave fundamental

La base de cualquier estrategia de protección de datos debe ser la educación digital. Esto implica ir más allá de la enseñanza de habilidades técnicas y adentrarse en la comprensión crítica de cómo funciona internet, cómo se recogen y utilizan los datos, y cuáles son los derechos y responsabilidades de los usuarios. Esta educación debe comenzar en la escuela desde edades tempranas, integrándose en el currículo de manera transversal, y debe ser reforzada en el hogar por padres y tutores.

No se trata solo de enseñar a los jóvenes a configurar la privacidad de su cuenta de Instagram, sino de fomentar el pensamiento crítico sobre la información que consumen y comparten, la lógica detrás de los algoritmos y el valor intrínseco de sus propios datos. Programas que simulen escenarios de la vida real, talleres interactivos y debates éticos pueden ser herramientas poderosas para desarrollar esta conciencia.

El papel de las plataformas y los reguladores

La responsabilidad no puede recaer únicamente en el usuario. Las plataformas tecnológicas tienen un papel crucial en la protección de la privacidad. Deben ser más transparentes sobre sus prácticas de recolección y uso de datos, simplificar sus políticas de privacidad para que sean comprensibles para el usuario medio y ofrecer controles de privacidad más granulares y fáciles de usar. La opción por defecto debería ser siempre la más respetuosa con la privacidad, y cualquier cambio debería requerir un consentimiento activo y explícito del usuario.

Los reguladores gubernamentales también deben intensificar sus esfuerzos. Marcos regulatorios como el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD) en Europa o la Ley de Privacidad del Consumidor de California (CCPA) han sido pasos importantes, pero se necesitan estándares globales y una aplicación más contundente para garantizar que las empresas rindan cuentas por sus prácticas de datos. La legislación debe evolucionar a la par con la tecnología, abordando los desafíos específicos que plantean las IA generativas y las nuevas formas de recolección de datos. Un marco regulatorio robusto y armonizado es, a mi modo de ver, esencial para equilibrar la innovación tecnológica con la protección de los derechos fundamentales de los ciudadanos.

Consejos prácticos para la generación Z

Mientras se avanza en la educación y la regulación, hay pasos prácticos que los jóvenes pueden tomar desde hoy para proteger su privacidad:

  • Leer (al menos los resúmenes) de las políticas de privacidad: Entender a qué se está dando permiso. Existen herramientas y organizaciones que resumen estos documentos.
  • Revisar regularmente la configuración de privacidad: Las plataformas actualizan constantemente sus ajustes. Es crucial revisarlos y ajustarlos para limitar la cantidad de datos compartidos.
  • Pensar antes de publicar: Cada foto, vídeo o comentario puede tener una vida útil mucho más larga de lo esperado. Considerar el impacto a largo plazo antes de compartir.
  • Utilizar contraseñas fuertes y autenticación de dos factores: Son las primeras líneas de defensa contra accesos no autorizados.
  • Ser escéptico con los permisos de las aplicaciones: Preguntarse si una aplicación realmente necesita acceso a la cámara, el micrófono o la ubicación para funcionar.
  • Limitar la información personal en perfiles públicos: Cuanta menos información se haga pública, menor será el riesgo de ser objetivo de ataques.
  • Cerrar sesión en aplicaciones cuando no se estén utilizando: Esto puede limitar la recolección de datos en segundo plano.

Conclusión

La era digital ofrece oportunidades sin precedentes para la conexión, el aprendizaje y la creatividad. Sin embargo, no podemos ignorar la creciente preocupación por la privacidad, especialmente en el caso de la generación Z, que ha crecido en un entorno donde la entrega de datos a menudo se percibe como el precio de la participación. Desde las intrincadas redes de recolección de datos de TikTok hasta las vastas bases de conocimiento que alimentan herramientas como Sora, el valor de nuestra información personal nunca ha sido tan alto, y los riesgos de su uso indebido, tan significativos.

Es imperativo que esta generación, y la sociedad en su conjunto, despierte a la r

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