El eterno dilema de la parentalidad: ¿por qué la culpa persiste?
Nunca antes habíamos pasado tanto tiempo de calidad con nuestros hijos. Días, semanas, incluso meses, donde la rutina se transformó en una convivencia ininterrumpida, llena de juegos, aprendizajes compartidos y momentos que, sin duda, atesoraremos. Hemos sido testigos de sus primeros pasos, de sus risas más genuinas, de sus pequeños grandes logros. Hemos cocinado con ellos, construido fortalezas de almohadas y leído innumerables cuentos. Y, sin embargo, esa misma tarde, al cerrar la puerta para una cena tranquila de adultos, una sombra de culpa puede asaltarnos. ¿Cómo es posible que, tras tanta dedicación, aún nos sintamos "malos padres" por concedernos un espacio personal?
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